Una nota del traductor

por Darío Acebales

Hay placeres de los que conviene no abusar: el de explicarse o justificarse lo es (placer) porque compartir algo que uno se cree el único, o casi, en saber siempre alivia nuestra soledad, y porque además te rescata al mismo tiempo de una aparente injusticia: la de ser juzgado por un acto sin que se conozcan todas las circunstancias que lo rodean. Por otro lado, la confianza en la buena fe e inteligencia de los pocos cuya opinión tiene alguna importancia debería ser uno de los principios del arte de vivir, o por lo menos del vivir tranquilo. Todas esas cosas pensaba el otro día al añadir la siguiente Nota del Traductor a un poema de Aranitsis, que pueden encontrar en su página PAЯADOXA bajo el epígrafe [de la obra Morfología].

«NOTA DEL TRADUCTOR

Traducir poesía es una bella labor que requiere una cierto valor (algunos lo llamarán falta de escrúpulos); también complicidad, aunque no sea más que en la imaginación del traductor, entre este y el futuro lector, porque la tarea solo puede llevarse a cabo con una cierta honra dando por sentado que el lector es consciente de que lo que se le sirve es una aproximación o un simulacro tejido, en uno u otro grado, a fuerza de sacrificar unas cosas para salvar otras. No hay otra forma, y por eso toda traducción poética está abocada a ser un relativo fracaso como tal, por más que algunas lleguen a ser fracasos bastante felices, tan eficaces en lo que se propone el texto como el original, o incluso más. A este respecto se ha dicho muchas veces, y yo estoy de acuerdo, que la naturaleza de la tarea del traductor impone su casi invisibilidad: romper el engaño en que se sustenta la magia de cualquier juego es claramente de mal gusto, ese engaño que aquí permite que el lector finja creer que lee las palabras mismas del autor aun a sabiendas de lo contrario. Como traductor literario, por tanto, evito las notas al pie porque opino que «sacan» al lector de esa ficción convenida y conveniente, máxime en el caso de textos que requieren mantener nuestra sensibilidad sintonizada más allá de los límites de la frase informativa, como sucede en la poesía. En ella una nota del traductor es un teléfono que suena cuando se está desnudando al amante: extemporánea. Harina de otro costal (el filológico) son las ediciones críticas y las traducciones académicas —que no son, por ahora, nuestro objetivo.

Quizá, con todo, haya ocasiones en las que un pequeño comentario antes o después de la lectura pueda ser útil para ayudar al lector a conseguir mejor esa sintonización con el poema: la anotación que quiero dejar aquí con suerte no será solo el testimonio de una relativa y quizá necesaria derrota del traductor, sino antes la disculpa para ofrecer una clave que sitúe algo mejor a un autor, Evgenios Aranitsis, que aún no es demasiado conocido en el ámbito hispanohablante, y cuya obra no se entiende en profundidad sin una visión de conjunto que, por la falta de traducciones, falta en nuestra lengua. Quien haya seguido las actualizaciones de la columna PAЯADOXA ya se habrá dado cuenta: Aranitsis escribe desde la posición de quien observa un linde, probablemente más temporal que geográfico, entre dos universos, Oriente y Occidente, con frecuencia para hablarnos del deslizamiento del uno en el otro. Lo que representan cada uno de estos dos y el territorio que se extiende entre ambos es el material de que están hechos sus artículos, ensayos y parte importante de su obra poética: pretender cifrarlo aquí sería, además de presuntuoso, por fuerza inexacto. Queda la anotación, digamos, como guía para nuevos navegantes.

En cuanto a la nota puramente traductológica: entre las múltiples repeticiones sobre las que se construye el poema en cuestión, destaca la oposición de los sustantivos griegos dysi y anatolí, que se repite en sus correspondientes verbos dyo y anatello. El primero, dysi, quiere decir «Occidente», «oeste», «poniente» en su primera acepción; también «ocaso», tanto en sentido literal («anochecer») como en el metafórico («decaimiento, decadencia»). En consecuencia, el verbo dyo designa tanto nuestro «ponerse» (el sol o la luna) como el más sombrío «decaer». El segundo sustantivo que mencionaba, anatolí, remite por su parte a las nociones de «Oriente», «este», «levante», así como a «alba», «amanecer», que puede ser, cómo no, también una metáfora. Su correspondiente verbo, anatello, significa «surgir», «salir» (el sol o la luna). Se entenderá entonces mi aprieto ante un verso como «andan desde entonces transportando estoicamente sus nombres hacia allá donde poniente sale con la luna», en el que la palabra «poniente» (dysi) remite simultáneamente al oeste, a Occidente y al ocaso literal y metafórico, mientras que «sale» (anatellei) ha de evocar además, por su origen etimológico, la noción de «Oriente» (¿orientea?, ¿recibe la influencia del Oriente?). He tratado en mi versión de aproximarme a esta polisemia desde una perspectiva global: tengo la esperanza, no sé si vana, de que de la lectura completa del poema se pueda extraer un mapa de sentidos que no se aleje demasiado del original griego. Si no lo he conseguido, pido del lector paciencia (conmigo) y perseverancia (con Evgenios Aranitsis) —sería una lástima que por esta eventual falta de acierto se perdiera las satisfacciones que, estoy seguro, la lectura de este interesante autor puede brindarle en el futuro.

D. A.»

Anuncios