Listas

por Darío Acebales

Va acercándose el final del año, y el tic de las listas con valor de balance se extiende: cada medio tiene las suyas, pero son seguras las de libros imprescindibles, las de mejores películas y las de insignes que nos han abandonado mientras el planeta iba trazando metro a metro su círculo alrededor del sol. Ya posar la vista en los titulares que las encabezan garantiza la melancolía, intuyéndose como se intuye que con ellas se trata de combatir, entre heroica y desganadamente, la inasible hiperabundancia del banco de novedades editoriales, de las volátiles carteleras de cine, del incansable vaivén de la guadaña durante los últimos doce meses. Así y todo cuesta no detenerse a pensar en el ridículo número de esos libros que uno ha leído, las relativamente escasas películas vistas, lo poco familiarizado con tal o cual autor del que ya existen, en potencia, unas irrevocables obras completas. Ya se sabe que no hay que tomarse esas listas demasiado en serio; la misma disconformidad entre unas y otras nos dice que tendrá que rotar la Tierra unas cuantas veces más antes de que nos hagamos una mínima idea de qué sucedió realmente este año, si es que ha sucedido algo. Ya entonces tendremos tiempo de buscar esas obras o de amigarnos, en ese lazo asimétrico y extraño, con los muertos-vivos de papel.

  Creo que en mi caso la languidez de ánimo en que me dejan esas selecciones tiene algo que ver con la oscilación agridulce entre lo recorrido y lo por recorrer, la feliz pequeña angustia de haber cabalgado ya bajo la «enramada cúpula» de Neruda, haberme perdido en los espejos y mirado en los laberintos de Borges y haber olido la sangre griega de Euríalo sobre la tierra romana. De haberme preguntado con Ninetto «che cosa sono le nuvole?» y haber viajado a aquellos años de la guerra de Vietnam con Jane Fonda y con Anne Wiazemsky; de haber ya acompañado a los Stones de Godard. Rondar la treintena es no haber visto nada. Si acaso un anticipo. Pero, ¿para cuánto nos alcanzará el tiempo? A la pregunta de si uno debe alegrarse más por esas visitas ya cumplidas (algunas de inmediato convertidas en frecuentaciones) o por el bosque de las que lo esperan, las recomendadas por amigos o por el azar entre las que con suerte encontrará algún tesoro definitivo, un libro que poner cada noche bajo la almohada junto a la espada o una película cuyo guión memorizará y reconocerá sorprendido en sus solitarias conversaciones con el tiempo, hay dos respuestas posibles: la primera es «de ninguno de los dos, porque siempre hemos conocido menos de lo que quisiéramos, siempre lo que ha de venir es sólo una fracción de lo que nos gustaría». La segunda, que es preferible, dice en cambio: «de ambos, porque esa minúscula fracción, la que ya has recorrido y la que está frente a ti, es tu vida».

  Es una tentación soñar con recordar el futuro, siquiera tan imperfectamente como adivinamos el pasado. Yo tal vez estaría dispuesto a sacrificar la excitación del descubrimiento por el placer de la revisita; volver a leer por primera vez las páginas que me están destinadas y que un día me parecerán irreemplazables no me daría, naturalmente, pereza. Claro que eso sólo podría darse al precio de saber también cuáles son los libros que no alcanzaré, las películas que quedarán fuera de mi videoteca, en definitiva al precio de conocer las fronteras exactas de mi finitud. Se cuenta que en una ocasión un admirador detuvo a Borges en la calle a la voz de «¡Maestro! ¡Es usted inmortal!», a lo que él respondió que no había motivo para semejante pesimismo; puede que de saber ya leídas cuantas páginas le correspondía visitar en su vida su contestación hubiera sido más sombría.

  Volviendo a las listas: no les dediquen, como decía, demasiada atención. Calculo que son guiños de nuestro miedo a la muerte, coqueteos que nos hace desde balcones abiertos sobre las autopistas de lo vertiginoso. Mejor será que sencillamente lean, que vayan al cine, que paseen ustedes con calma.

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