Los mestizos

por Darío Acebales

Hasta antes de ayer como quien dice, las llamadas «identidades mestizas» solían serlo por razones en las que, mucho o poco, en directo o en diferido, mediaba la geografía; de un tiempo a esta parte en cambio, con la desterritorialización posmo ya casi cumplida, el tipo de cruce de sangres en boga se ha liberado por fin de esa limitación, para convertirse en un fenómeno de mucho más amplio alcance al que cualquiera puede optar por sumarse con independencia de sus orígenes. ¡Albricias! La nueva clase de hibridación es, por consiguiente, democrática. Así que atención, porque nociones como «medio español, medio moldavo», además de tintinear cada vez menos en los oídos como preludio de algo interesante o al menos inusual, se van quedando poco a poco vacías de sentido: el que los sistemas psicomentales se fraguan bajo el mismo espectro de condicionantes ideológicos aquí y en la Cochinchina era materia del curso pasado —ya examinado y aprobado—. En toda esa cóncava amplitud de la no-geografía, digo, se impone hoy más bien un mix en el que confluyen pasado o futuro, o mejor, en el que el futuro trata de exterminar a golpe de burocratismo cuanto de la sensibilidad pasada nos queda.

    ¿Cuáles son entonces los componentes de ese nuevo mestizaje del que hablo? A saber: dos modos de entender al animal humano que muchos toman por sinónimos y que, hasta que una extraña pirueta copulativa los ha unido en feliz paradoja, eran más bien excluyentes entre sí: la persona y el individuo. Defino: por persona se quiere decir «lo derivado de ese antiguo postulado de que cada uno de nosotros es único, diferente y probablemente irrepetible; eso que misteriosamente se cifra en el nombre propio». Por individuo entiendo «el sujeto legal o unidad indiferenciada del conjunto social, homologado a los demás por, digamos, derechos y obligaciones no nominativos». O dicho de otra forma: «Tú» y «Tú menos Tú». Se entenderá mejor a qué me refiero abordando la sintomatología de esta hibridación, que es, en lo inmediatamente visible, de orden lingüístico, y manifiesta una especie de transfusión de competencias entre departamentos: cuestiones que desde siempre habían pertenecido a la esfera de las emociones —y por lo tanto al ámbito denominado personal—, parecen haber pasado a regirse, de la noche a la mañana, por la lógica de la legalidad vigente, adoptando en el tránsito también su jerga jurídica.

    Veamos alguna muestra:

    Comenzando por el seno familiar, encontramos por ejemplo que la satisfacción por la sintonía entre sus miembros se suele expresar en este criollo con inusitada frecuencia mediante giros como «mis padres y yo nos comunicamos muy bien» (!). La declaración no es exactamente hipócrita —el persona-individuo actúa de buena fe y sabemos que estima a sus progenitores—, pero inopinadamente extiende sobre el cariño doméstico una pátina de probidad y sensatez quizá más propia de los agregados diplomáticos de países limítrofes (la siempre noble nación sueca saluda al excelente pueblo de Noruega). Que nadie me diga que exagero: sirve imaginarse a nuestros abuelos en su juventud pronunciando la frase para sentir, más o menos intenso según lo afinado que se tenga el oído, el leve chirrido de lo incongruente. «Eran otros tiempos, entonces no se hablaba con los padres», argumentará algún lector. «Gracias, veo que al menos se ha resintonizado usted», respondo. Confusión parecida los lleva a entregarse, otro ejemplo, esta vez detectable tanto en el calor del hogar como entre amigos, a la hueca hiperinflación de «por favor» y «gracias» que se estila en las ventanillas ministeriales: me refiero a aquellos casos en los que alargarle un bolígrafo a un hermano desata todos los resortes de la gratitud, pretendidamente sin menoscabo de la autenticidad. Porque nada puede convencer a los híbridos de que esa exuberancia gratulatoria responde a la interiorización de un paripé, con precio a pagar en forma de depreciación de la misma noción de agradecimiento. Y más casos, ya en modo ráfaga para no cansar (saco cuaderno de notas): «ser amigo no le da derecho a meter baza», «es un tema privado que a mi pareja no le incumbe» o el muy frecuentado «no es nada personal, pero…», al cual sigue, con un porcentaje de probabilidad cercano al 99,9%, un comentario exclusivamente personal. No insistiré, a los inteligentes les basta con poco.

    A falta de datos fiables propongo un mito fundacional, situado en el seno de la familia para no faltar a ciertas tradiciones, y que yo me imagino representado en uno de esos países luteranos en los que el porvenir hace ya tiempo que ha venido. El individuo, dice, cómoda emanación del hombre todavía separada de él, reinaba en los derroteros de las transacciones entre instituciones y todo hijo de vecino; también, por el bien de los negocios, allá donde había intereses contrapuestos —patrones y trabajadores, propietarios e inquilinos, el consabido etcétera—. Cierta tarde de octubre, un abogado civil hasta entonces razonable con su señora e hijos, volviéndose de súbito hacia aquella tras oír lo que le pareció el sellado de una instancia, pero que bien pudo ser una ventosidad, tuvo la impresión de que ya no era a ella a quien veían sus ojos, sino la hoy célebre parte contratante de la tercera parte del acuerdo, esto es, toda una individua; acto seguido dedujo que si A+B=C podía considerar, por la misma regla de tres, a su progenie causahabientes mortis causa por anticipado, y por tanto ponerles la maleta a la puerta de casa el día mismo que cumplieran los 18. Casos semejantes de proyección han sido descritos anteriormente. Sea como fuere, el contagio debió de ser inmediato: su señora, habituada por otra parte a las luchas feministas etcétera etcétera, encontró fácil asumir que los días de romanticismo habían tocado a su fin y que en lo sucesivo convivía con un litigante en su contra personado (con perdón del retruécano) en acusación popular, lo que la obligaba a mantener vigente a perpetuidad una demanda en tercería. Ya saben ustedes. Aquí es cuando podemos dar, finalmente, la mezcla por consumada, porque los hijos, aprendices de instinto infinitamente más penetrante que el de sus padres, se olieron de repente un día que los individuos, a diferencia de las personas, o no mueren o lo hacen con mayor asepsia, y así se animaron a reclamar su independencia con tan solo 17 añitos, es decir con casi un año de ventaja sobre los demás, para gran orgullo de ambos padres. Serán, naturalmente, estos amestizados quienes consagren el pidgin que es hoy a la comunicación diaria lo que el hielo al gazpacho.

     Es lógico que la muerte aséptica o la no-muerte exija el ejercicio de una vida aséptica o una no-vida. Y claro, eso conlleva, entre otras cosas, la asunción de la normalidad de que tu pareja orbite en algún espacio lejos, muy lejos de tu intimidad o de la conveniencia de que las amistades se reglamenten por derechos, que siempre han sido, son y serán, allí donde no los llaman, un artilugio para evitarse la engorrosa tarea de ver al Otro (y que con suerte servirán también para que un glorioso día cada uno deje de verse a sí mismo).

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