Teoría y práctica del perfume (ii)

por Darío Acebales

La distancia, abstracto que aplicamos al espacio, el tiempo, la estima y la semántica, es un concepto elástico: pregúntenle a uno de esos microorganismos inconcebiblemente efímeros y a una secuoia milenaria por el significado de «próximo» y «lejano» y se darán cuenta de lo que quiero decir. Schlimmelmann concibió una mariposa malasia que apenas vive tres segundos, «casi nunca suficientes para expulsar las crías que ya está gestando en su interior»; los tres cuartos de siglo que nos corresponden a los humanos de este lado del mundo no son menos frenéticos, y lo mismo se suelen quedar cortos para nuestras gestaciones. En Teoría y práctica del perfume (i) anunciaba su segunda parte «en fechas próximas»; no creo que los casi cuatro meses que han pasado me hagan incurrir en falta. Si no están de acuerdo conmigo, siempre pueden atenerse a esta porción de sabiduría yanqui: never trust a man who always keeps his word.
Continúo donde lo dejé.

iii. Dyptique: L’Eau des Hespérides

Hay aromas que proceden del otro lado del espejo: en su tránsito de ahí a aquí se impregnan irremediablemente de las cualidades del vidrio. Es el caso de esta eau de toilette, que sinestésicamente se emplaza en el rango cromático de los turquesa. En una ocasión pinté una pared de un color llamado «verde etrusco»: seguramente ése es el tono, salvo por lo calcáreo. Decir que mi pituitaria lo encuentra romo puede tomarse como un argumento a favor del solipsismo. Y de nuevo el problema de los nombres. Quienes realmente se sienten interpelados por el universo del perfume quizá un día se organicen en escuadrones armados fastuosamente, que recorrerán con pompa las capitales europeas del glamour aniquilando uno a uno a los responsables de eyaculaciones verbales como «Eau des Hespérides». Los visitantes ocasionales podemos contentarnos con señalar la náusea de tanto amaneramiento.

iv. Maria Candida Gentile: Exultat

Parece asentado que cada perfume es la concreción de un proceso traductivo, el signo que vuelca los valores de un código primero, el emocional, a uno segundo, el olfativo. Ese traslado indica que se trata de sistemas diferentes, puesto que podemos traducir de uno a otro, y al mismo tiempo iguales, ya que lo expresado en ambos no deja de ser esencialmente lo mismo. La pregunta «¿cómo se dice “casa” en inglés?» es aceptable porque, aun suponiendo dos lenguas, el inglés y el español, ambas pertenecen a la Lengua, que es una. De modo análogo, puede uno preguntarse: «¿cómo se huele [Emoción]?» o «¿cómo se siente [Olor]?». En una última vuelta de tuerca, podemos expulsar por completo a la Lengua del terreno de juego, e imaginar que tales preguntas se formulan afásicamente, mediante una combinación significativa de olores y emociones respectivamente.

    Exultāre, como «reír», «llorar» o «amar», es un verbo que denota una traducción, esto es, el vaciado de un significante de tipo X (la sensación íntima de alegría, un signo emocional) en otro de tipo Y (el semblante propio de quien es feliz, el rutilar de la pupila, signos gestuales). El significante se escapa: no es, por cierto, la emoción inasible, porque todo significado debería ser autónomo, mientras que ésta nos remite siempre a otro lugar. El perfume es un movimiento de dentro afuera, «exultar» también. Y sin duda éste es un aroma alborozado. O, mejor, que significa el alborozo. Bautizando Exultat a su perfume, Maria Candida Gentile se me hace simpática, porque trata, pese al resbalón afectado del latín, de ser literal, y la literalidad me parece una encantadora forma de inocencia. Intuyo que también esta mujer debe de ser idéntica a su nombre.

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