Teoría y práctica del perfume (i)

por Darío Acebales

El perfume forma parte, junto con el libro y la corbata, del arquetipo trino de regalo que la cultura cinematográfica y publicitaria ha impuesto en las últimas décadas y por ello con frecuencia se tacha su ofrecimiento de falta de originalidad; sin embargo cuando el presente proviene de una nariz, como se conoce a los expertos del ramo, es indudable que el gesto exige una lectura más cuidadosa, que incluya una apreciación de la semántica del aroma más allá de la pobreza discursiva de la mercadotecnia cotidiana. El pensamiento es hijo de la ocasión: la semana pasada recibí de manera inesperada un sobre con muestras más que generosas de seis fragancias de diversas casas, obsequio espontáneo de mi amigo Victor. Nadie más ajeno que yo a la sintaxis y morfología del perfume —mi neceser se limita a la cosmética más básica: jabón, champú, desodorante—, pero las ocupaciones y el temperamento del remitente hacen obvio que, además de una expresión de afecto, el envío comporta una invitación a acercarme a esta semiótica ignota. La acepto con gusto. El fruto de esa aproximación será, antes que un artículo al uso, una colección de breves apuntes a la deriva, tomados a vuelapluma a lo largo de los días.

i. Heeley: Cardinal

Los seis frascos de Victor son exactamente iguales: del tamaño aproximado de un índice y dotados de vaporizador. No se aprecia en ellos ninguna marca distintiva, pero cada uno está embalado en un papel que recoge, además de los apelativos de la casa y de la fragancia, su pirámide olfativa; sin ese envoltorio los confundiría. Esta abstención me parece declarativa: da a entender que el nombre real de un perfume es él mismo. Se trata de un rasgo compartido con la música, ya que ambos constituyen códigos que se significan, integrados por signos que no esconden el significado sino que lo son, en contraste con la lengua, que carece, al menos en un primer análisis, de la ventaja de la tautología —¿dónde está el sol en «sol»?—. Nominar un perfume debería por lo tanto ser una acción contenida, estrictamente circunscrita a la necesidad de clasificación y recuperación por la memoria. Todo lo demás supone incurrir en el ripio. «Nº 5» es una buena denominación; «Cardinal», apenas aceptable. Tras oler cada uno de los seis de que dispongo (tras nombrármelos), el único que asocio de inmediato con una figuración precisa es esta composición de James Heeley, que a fuerza de incienso y mirra evoca con eficacia el interior de una iglesia. El argumento quizá peque de escuálido, pero a falta de uno mejor la imagen se me ofrece como terreno firme para comenzar —también el profano en caligrafía oriental preferiría el árbol en 木 al dios en 神 en circunstancias análogas—. El primer contacto me revela igualmente notas de pimienta, la cual alambico burdamente en las expresiones «India» y «encuentro en el desván». Diría que fundan un contrasentido sobre el telón de fondo eclesiástico, como un tic obsceno en una maestra de parvulario. Eso oliéndolo del frasco.

    Ládano, vetiver, lino. En las fórmulas subyace un placer de los sustantivos; lo entreveo también, inconfesable, en algunas crónicas de tauromaquia, pero nunca en las deportivas, que tienden al énfasis y a la metáfora al peso. Su articulación produce talismanes léxicos: la historia o factura de la esencia es irrelevante, porque lo indescifrable —cómo no— significa, y lo hace con una vehemencia de que carecen las glosas: «hierba» apenas me conmueve, «resina» pasa por la explicación que destripa un chiste o un poema. El encanto se diluye a medida que ascendemos por la escala de los hiperónimos: «ládano», concretísimo e inescrutable, hechiza sin remisión; «jara», que contiene o produce el primero, resulta más o menos convincente gracias a sus resonancias castizas; para sus inmediatos superiores «arbusto» y «matorral» no hay salvación posible: están desprovistos de cualquier tipo de fascinación. Un peldaño más arriba, cuando el sentido se rareface hasta alcanzar densidades etéreas en «vegetal», el oído vuelve a llenársenos de las deliciosas insinuaciones de lo inidentificable, de los deleites de una vaguedad preciosista que se deshace en la boca como mantequilla.

    Me lo aplico y sobre la piel Cardinal se recombina: desde el instante en que abandona el estado ácrono e ideal de embotellamiento deja de ser igual a sí mismo, se transforma y evoluciona, y ese cambio alude al nacimiento y a la vida, y es bello. Describir los estadios del perfume me parece aquí prescindible, no así señalar que su declive al cabo de varias horas me emociona de una manera sutil, como suele suceder cuando se entiende algo que no se entenderá hasta más tarde.

ii. L’Artisan Parfumeur: Bois Farine

La transcripción de la biografía de un perfume se cumple a través de una metáfora geométrica: la pirámide olfativa solidifica el tiempo y la experiencia del aroma, encarnando su mapa y un aviso de su mutabilidad para usuarios bisoños como yo. La cúspide de Bois Farine —su fugaz carta de presentación al rociarlo— se compone de notas empolvadas y almendra, que dan luego paso a las llamadas «notas de corazón»: iris, jazmín y sándalo. La base de la pirámide, su maduración que transita de la intuición a la certeza con el paso de las horas, se articula entre el cedro, el aceite de guaiac y el benjuí —¡ah, qué dialecto maravilloso!—. Bajo la sugestión de su nombre y la mitología que lo acompaña (un árbol casi extinto en Isla Reunión, cuyas flores exhalan efluvios de matices harinosos), creo descubrir en este perfume la sublimación de lo blanco por solapamiento, concepto del todo antónimo al vacío espacial o a la noción de cero, en el que la síntesis de componentes conduce a una prestidigitación: 1+1+1+1+1=0. Aquí lo hallamos amigo de una afectación juguetona y cautivadora, inofensiva porque se reconoce a sí misma en el espejo. El movimiento es por lo tanto honesto, se puede participar sin miedo.

    Las reseñas de los comentadores diletantes se pueblan de imágenes culinarias: una norteamericana cándida y pizpireta vincula Bois Farine al recuerdo de la mantequilla de cacahuete de su infancia, y un joven inglés le responde en un vídeo que no, que pan recién horneado con cobertura de azúcar glas. Una legión de seguidores asiente o disiente en uno u otro bando, cada uno emprendiendo su propio pulso con el idioma para tratar de definir lo indefinible. El santo patrón de estos benditos es Proust: acaso los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido constituyan la definición más prolija de un sabor, el de la célebre magdalena, que se haya dado en la literatura —la vecindad de lo olfativo y lo gustativo justifican la titularidad—. Y es que si el perfume nos depara gozos sensoriales y estéticos, su traducción en palabras es fuente inagotable de placer intelectual: delinear el gesto con el que la fragancia acaricia los sentidos es un ejercicio que pone a prueba el instinto y la inteligencia, una batalla inevitablemente perdida de antemano que, pese a todo, embelesa a quienes comprenden la verdad de la metáfora, la sinestesia y el oxímoron.

(Una segunda parte completará «Teoría y práctica del perfume» en fechas próximas. El lector distraído puede encontrar útil la opción «seguir», que le permitirá recibir futuras actualizaciones en su cuenta de correo electrónico.)

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