Melanina y madame Lagarde

por Darío Acebales

La atención mediática que recibe el estilismo de las poderosas ha sido tema central de al menos tres artículos esta semana: en ellos se pone en tela de juicio la pertinencia de tanto comentario al respecto de las ropas de ministras, presidentas, etcétera, y se concluye, abiertamente o entre líneas, que tras los análisis late el machismo de una sociedad que salvo casos de flagrante desfase raramente somete a escrutinio la indumentaria de sus grandes varones. Parece sobreentenderse aquí que, para agravio comparativo de las mujeres, los gobernantes del sexo masculino habitan una suerte de limbo de neutralidad semántica del vestir, la cual es imposible si no como fraude o sucedáneo de sí misma. La representación de lo neutro, como la de la santidad, comporta la cancelación de su esencia; el signo de la neutralidad no es neutro. Todo significa —la frase es de Evgenios Aranitsis—, y ésa es una de las razones por las que la vida es conmovedora y apasionante, incluso para los ateos. Existe no obstante una diferencia decisiva entre el aliño de ellos y el de ellas, que radica en la antigüedad del código: los trajes de corbata, fracs y pajaritas configuran una lengua en la que nos desenvolvemos con la fluidez que aseguran décadas de práctica, mientras que las faldas, fulares y leggins son unos recién llegados a la palestra, neologismos que aún buscan su asiento y su sintaxis. Incluyo dentro de esa gramática de la apariencia elementos no textiles, como el corte y color del cabello, el maquillaje o el bronceado, que constituye el objeto de este artículo.

    No debo de ser el primero en fijarse en el tostado tono posvacacional de la directora gerente del FMI madame Lagarde, ni tampoco en afirmar que encierra una riqueza semiológica que merece la pena tratar de desentrañar y que, lo adelanto, diría que nos inclina hacia la antipatía. Mi idioma, el español, se suele servir de dos términos para referirse a ese estado del cutis: bronceado y moreno, de raigambre culta y popular respectivamente. Veámoslos, y su historia:

    En la mitología de los metales el bronce se sitúa en una posición intermedia: sin pertenecer al orden de los preciados (el oro y la plata, que son antonomasia de la opulencia, el insulso platino), su dureza, peso y tonalidad lo revisten de una gravedad y una nobleza incontestables. El barroco español, que adoraba la impostura, lo imitó en sus retablos, alternando en las mazonerías el bronceado químico con el célebre pan de oro bruñido. Al contrario de lo que sucedía con éste último, la técnica del bronceado no perseguía  la ostentación de un lujo presuntamente necesario para la enternecimiento del espíritu, sino más bien falsificar una dignidad de índole moral, la propia de una aleación con que se fabricaban campanas y cañones. No extraña por ello que su uso fuera contestado por ciertos artistas —acaso los más imbuidos del espíritu de la época—, que señalaban el anacronismo de una venerabilidad tan espontánea y censuraban el artefacto por «parecer viejo». Análogamente la tez oscura, cifra del trabajo en el campo y de lo natural, es objeto de cada vez mayor animadversión a lo largo del Siglo de Oro, y se combate por ello con demoníacos cosméticos a base de cal, arsénico y plata cuya suntuosidad tóxica debió de arrancar lágrimas de entusiasmo entre las damas, hasta que el descubrimiento del inocuo polvo de arroz vino a aguarles el drama y el dispendio. En la jerga de aquella suspicaz adolescencia nuestra los rostros podían ser morenos, nunca bronceados: no convenía mezclar lo sarraceno con el baldaquín de San Pedro.

    Se hubo de esperar hasta el Romanticismo, mucho más indulgente en la formulación de sus prejuicios, para que la melanina se viera sancionada por la metáfora metálica, y ello siempre bajo la condición estricta de que su uso obedeciera al exotismo. El corpus histórico de la Academia atestigua el paso de la literalidad a la imagen: si hasta mediados del XIX el elenco de lo bronceado solo se compone de mobiliario y pequeños objetos personales —una cama de ébano (1707), pechinas y medallas (1727), un tenebrario (1830) y un bufete (1837)—, a partir de la segunda mitad del siglo la distinción se extiende a una gitana andaluza (1847), un becqueriano caudillo hindú («de tez levemente bronceada, pero admirable por su juvenil tersura», 1856) y a los habitantes del Magreb (1865), que abandonan así su inherente condición de morenos —es decir, morunos— en pos de una antropología ideal. El color atezado en la piel permanecerá extranjero y risible durante casi una centuria: en ese período su encomio vale lo que un acto de condescendencia con el que se reconoce el potencial decorativo de quienes, desprovistos del privilegio de la blancura, encarnan el tipismo jacarandoso de los márgenes del mundo civilizado.

    La llegada de la modernidad le dio un vuelco a la situación: la lenta transformación que vino a santificar el trabajo y la sobreabundancia sustituyó, en favor de la renovación incesante del acto de consumo, el modelo del «tener» por el del «aparentar», que justifica la obsolescencia casi inmediata de los productos e inaugura el auge del sector servicios. El bronceado se adquiere, se luce, caduca: es recibido de brazos abiertos por la triunfante clase media. Para asimilarlo es preciso neutralizar previamente sus connotaciones negativas: Gabrielle Chanel se encargó de ello en los años veinte, fulminando de una escapada a la Riviera francesa varios siglos de escrúpulos y transformando, como ya había hecho con las camisetas rayadas de los pescadores, lo vulgar en refinamiento. Los valores románticos de pintoresquismo y rusticidad no ofrecen ninguna resistencia a esa apropiación, puesto que todo lo exótico ya se había naturalizado parisino (vale decir europeo) desde los tiempos del cabaret, y la vida campestre, idealizada por la publicidad y el cine, se había alambicado en el picnic dominical y otras actividades que implicaban el consumo de una nueva mercancía: el tiempo libre. El espaldarazo final lo da el Estado: en 1936 Francia garantiza las vacaciones pagadas a sus trabajadores —con esa ocasión nace Ambré Solaire, primer bronceador de la historia—, y la semántica de la melanina se enriquece así de manera inesperada con un matiz de conquista social: el cutis dorado reivindica el asueto del feliz burgués y declara incontestablemente la bondad intrínseca del sistema, pasando a equivaler a una declaración de adhesión absoluta a él.

    ¿Y qué es, en definitiva, lo que suscita tanta animosidad en la pigmentación a fin de cuentas inofensiva de Christine Lagarde? La respuesta inmediata deriva de su posición ya a priori sospechosa: la gerencia del Fondo Monetario Internacional no le granjea a uno las simpatías del pueblo, y mucho menos con la que está cayendo. Si el ejercicio del puesto no se acompaña por otro lado de una escenificación de ciertas virtudes morales que atenúen esa presunción de perfidia (el comedimiento, la gravedad, la solidaridad con los mártires de la Economía), el resultado es una desafección y un recelo sin descargo posible. No hay que olvidar que la política francesa accedió al puesto que hoy detenta tras el escándalo Strausss-Kahn: personificaba entonces el control y el pragmatismo, un intachable «buen hacer» avalado por su sobresaliente carrera y en el que un analista malicioso podría querer leer la proyección del mito de la perfecta ama de casa, que pone orden donde el hombre, irresponsable y tarambana, ha sembrado el caos. El tono de piel de madame Lagarde comunica ahora una frivolidad fuera de lugar, que parece significar su indiferencia —o peor aún, su jocosidad— ante cuantos no pueden costearse un hotel de cinco estrellas en la costa caribeña. A esta figuración de su perversidad contribuye, en el caso de los hispanohablantes, la sonoridad reptiliana del nombre, que evoca en nuestra lengua el carácter de mujer taimada que se le supone a la estadista. Pero el signo cutáneo que con tanta frescura ostenta no agota su matices en esa primera mirada de indignación, sino que es polisémico; de hecho sus sentidos forman un pastiche contradictorio y sin embargo muy real, que bebe de las fuentes a las que me he referido anteriormente. La epidermis de la gerente del FMI manifiesta el entusiasmo de una élite contagiada de valores burgueses (si me permiten el anacronismo) y que glorifica hasta la tanorexia el bronceado como compendio del derecho al consumo de ociosidad, preferentemente de alto standing. Simultáneamente, la imagen de esa naturalidad galvanizada nos da pie a resucitar el viejo prejuicio de la supremacía de la palidez, en virtud del cual podemos ver a madame Lagarde como a una desharrapada indigna, una azotacalles que socarronamente se ríe de nosotros desde un cargo al que nadie sabe cómo ni por qué ha llegado. Es decir, nos brinda la oportunidad de resarcirnos de tanta penuria tachándola de morena.

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