Escritores del linde

por Darío Acebales

La admiración por cierto número de sus predecesores acostumbra a formar parte de la condición de escritor, tanto que el estudio de la genealogía de esas querencias presta justificación a toda una disciplina académica: la Historia de la Literatura. No faltan en sus filas quienes fingen entender tales linajes como diagramas de flujo: siguiendo una progresión algebraica comienzan por Gilgamesh y acaban, por ley de necesidad, en los cuentos de Alice Munro, los cuales es de suponer que contengan en germen cuanto nos depara la literatura desde hoy hasta el día del Juicio Final. Un determinismo así detenta ventajas: en primer lugar nos exime de la farragosa tarea de escrutar a fondo la singularidad de cada obra (y por ende de cada autor); más profundamente, nos libra del anatema de la generación espontánea, perpetuando nuestro tic de atribuir a todo hecho fenomenológico (por ejemplo, un poema) una causa contingente y finita (digamos, otro anterior). Borges se hizo cargo del equívoco: suya es la página que propone que todo literato inventa a sus predecesores, con la que invirtió el sentido de las flechas del gráfico devolviéndoles de paso a los intelectuales la dignidad del libre albedrío.

    Ese flirteo silencioso entre muertos y vivos diría que desmiente con vehemencia el tiempo y ampara el viejo postulado de que cada hombre participa de una esencia común, la invisible ousía humana. Si ésta es real, no considero improbable que la biblioteca de cuanto se ha escrito sea uno de sus atributos, como para los musulmanes el Alcorán lo es de Dios. En los anaqueles de esa sala ideal los de aquí buscan a ciegas a los de allí, y los encuentran sublimados en intelectualidad pura: los textos, desgajados de unos cuerpos largamente ausentes, reivindican o condenan a sus artífices con una voz ya desnuda de las imposturas de la anatomía, el gestuario o la indumentaria. El autor muerto trasciende alambicándose en lenguaje: tal fue la naturaleza del diálogo de San Agustín con Platón, de Poe con Chaucer, de Kafka con Flaubert y Dickens. Así hasta el siglo xx, que introdujo en el mundo de las ideas un arquetipo nuevo: el del botón de rec.

    Me reconozco ignorante de los hitos de la relación entre escritores y cámaras, pero intuyo que las emisiones —sobre todo entrevistas, pero también reportajes y otras intervenciones más o menos estelares— debieron de alcanzar su apogeo cualitativo entre los cincuenta y los ochenta del pasado siglo, época en que la televisión todavía tanteaba los diversos equilibrios posibles entre palabra e imagen (el proceso, lo sabemos, se saldó con la negación de la primera en favor de la apoteosis de la segunda). En aquellos días Borges, Nabokov, Burroughs, Cortázar o Barthes se paseaban por las pantallas con una naturalidad que nada adeuda al adocenamiento, tan elegante que hoy resulta casi escandalosa. Como en las primeras tomas del cinematógrafo, los objetivos enfocaban cándidamente un mundo todavía fiel a sí mismo, por más que abocado por los mismos objetivos a la metamorfosis. Y es que aquélla fue una generación extraña; última y primera, su hábitat es transicional. Si el halago del estrellato catódico representa sin duda una novedad, el contenido y el formato de aquellos programas denotan en cambio la perduración de un sistema de valores anterior: los escritores, genuinamente intelectuales, responden de modo ingenioso y poético a las preguntas de los entrevistadores, mientras éstos por su parte cumplen gustosamente con la responsabilidad de no proferir sandeces, y de maravillarse cuando el entrevistado es maravilloso. En las grabaciones españolas hasta sorprende la formalidad del tratamiento de usted, hoy prácticamente desterrado de nuestras ondas hercianas y que añade a esos documentos una pátina de autoexotismo no muy distinta de la que halla un bisoño lector en las páginas de El Quijote.

    Tales son los escritores del linde: partícipes de dos universos, de los dos salen victoriosos. Sin paradoja, son simultáneamente pensadores auténticos y vedettes, porque la particularidad del momento se lo permite. Por una vez la aparición en pantalla en absoluto vulgariza, sino que antes confirma su carácter de criaturas excepcionales: en estos vídeos el espectáculo siempre parece distar apenas un paso de la inverosimilitud, como si se entrevistara al mito en lugar de al hombre, y sin embargo en todo instante se mantiene el empate entre realidad y encantamiento. No creo que haya escritor que no disfrute como un niño con esas grabaciones. Constituyen, me parece, un género difícilmente repetible en nuestros días, como las greguerías de Gómez de la Serna o los poemas modernistas de Rubén Darío.

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