Amanecer de resaca

por Darío Acebales

En absoluto sorprende la caída del telón de fondo que esta semana ha dejado al descubierto la maquinaria intestina de la ultraderecha griega, la tramoya de una representación cuya parte visible ya resultaba de por sí sobradamente repugnante. Se trata —¿qué duda cabe?— de un ingenioso ardid escénico, el último de una tragedia interactiva que ha hecho de todo el país balcánico su teatro y que, durante los últimos dos años, les ha permitido a los griegos ir configurando una trama truculenta en función de su necesidad catártica de experimentar compasión y miedo. Este desmantelamiento final era conocido de antemano por todos, pero el juego del terror domesticado impone una regla innegociable: el fingimiento de ignorar no ya los previsibles pormenores del espectáculo, sino, sobre todo, su naturaleza virtual. Como los crímenes de los asesinos cinematográficos, el auge de Amanecer Dorado es logos puro, un gesto sin praxis o una amenaza hueca, por más que se profiera a voz en cuello. Otra cosa es que los fines del ritual requirieran del público un simulacro de convencimiento.

    Las víctimas, por el contrario, han sido perfectamente reales, como también la náusea generalizada. No hay aquí paradoja: para esa arcada precisamente se los elevó a la palestra pública, para que ejecutaran un show purificador que exige, para su eficacia, un cierto grado de verosimilitud. La nación reclamaba emociones fuertes. Y he ahí un reto, porque la apariencia de autenticidad es un rasgo que de un tiempo a esta parte escasea incluso en la realidad misma, tanto que apenas si se la encuentra en cantidades homeopáticas, casi inexistentes. El sistema democrático se presenta al caso como una oportunidad para la magia simpática: faculta ensayar el ademán en sustitución del hecho consumado, lo que se traduce en la degustación de una modesta ración de fascismo justamente para ahorrarnos el advenimiento del Reich. Asomarse al precipicio para figurarse el improbable salto o practicar nudos corredizos con la soga que luego se relegará al trastero quizá constituyan variedades menos sociales del mismo deporte.

    Está fuera de cuestión que los griegos sean tan necios o tan perversos como para desear de veras el ascenso al poder de los Camisas Negras, aunque una dosis de ambas condiciones haya sido imprescindible para llegar hasta donde se ha llegado. Todos los pueblos tienen sus idiotas. Más razonable resulta suponer que cuantos han participado en el coqueteo neonazi eran conscientes, de una u otra forma, de concurrir en un juego manifiestamente inmoral, pero no gratuito. Hasta esta semana, la manga ancha del ejecutivo los refrendaba, añadiendo razones para el escándalo y la indignación de todos, y colaborando a su manera en el efectismo del happening. El asesinato del rapero Pavlos Fyssas ha sido, finalmente, la señal esperada para abrir el último acto.

    No cabe ahora levantarse de la butaca y aplaudir el fin de la representación: aunque abocada desde el comienzo al desenlace de que somos testigos estos días, ha dejado en el auditorio una incontestable resaca, entre avergonzada y culpable. No sin causa: a la tesis de este artículo podemos contraponer la que postulaba Roland Barthes en Operación Astra, donde el semiólogo constataba que, con frecuencia, el mal se inocula primero disfrazado de vacuna, de modo a persuadirnos, una vez exhibidos todos sus «inconvenientes», de que tal es el precio a pagar por nuestra salvación ante otros peligros mucho más severos que nos acechan. O dicho de otro modo: no faltará quien se haya convencido de que, con la que está cayendo, las tropelías de Amanecer Dorado no son más que una broma en comparación con lo que nos espera si no hacemos algo pronto.

Anuncios