Entierros de beneficencia

por Darío Acebales

Nadie que haya leído Cinco horas con Mario olvidará el lamento de doña María del Carmen Sotillo por la desaparición de los viejos usos en el ejercicio de la limosna, ese privilegio que le habían ido arrebatando a la burguesía española las mejoras económicas de los sesenta y, sobre todo, la subrepticia infiltración de determinadas ideas de corte progresista. Muy señora, decía: «si algo ha hecho Cáritas es impedirnos el trato directo con el pobre y suprimir la oración antes del óbolo, o sea, malmeter a los verdaderamente pobres y, por si fuera poco, restar oraciones». Y para rematar: «que yo recuerdo antaño, con mamá, deshechos, ¡Dios mío, qué espectáculos tan hermosos!». Medio siglo más tarde, la dialécticamente inagotable crisis pone el acto caritativo de nuevo de actualidad, presentado ahora por los medios con formas de narración que, por lo general, basculan entre la denuncia de sus condicionantes —expresión estrella es «desmantelamiento del estado de bienestar»— y el inatenuado encomio de sus agentes. Una de tales historias nos trae El País en su edición del sábado pasado; en ella se informa de que los entierros costeados por las funerarias municipales, los llamados «de beneficencia», se han incrementado significativamente en los últimos meses hasta alcanzar, por ejemplo, los 282 en Barcelona (el doble que un par de años antes). Para no quedarse en la mera estadística, el periodista ilustra los datos con la descripción de uno de esos sepelios, cuya escueta comitiva integran un enterrador y cinco miembros de una fundación de ayuda al indigente: cuatro a nómina y una voluntaria. El relato de la escena cuenta con todos los elementos necesarios para conmovernos: la entidad filantrópica y sus empleados, que encarnan los mecanismos con los que la sociedad despacha su benevolencia; la voluntaria, heroína a título individual y emblema de la buena persona, y por último el solitario difunto, víctima patética del «sistema» y que, como todo muerto, es la Muerte misma, que a cada uno nos llama por el apellido. El enterrador quizá seamos nosotros, por más que sólo con él no nos identifiquemos (la experiencia apunta a que «por más que» frecuentemente significa «porque»).

    El que los funerales les son más útiles a los vivos que a los muertos es una de esas afirmaciones de la psicología casera que, creo, no faltan a la verdad; en este caso resulta razonable suponer que enterramientos tan enfáticamente públicos (no tanto por la titularidad de la factura como por la sospecha de que se trata de las bajas de esa guerra difusa en la que estamos inmersos, nuestros caídos en el frente) han de aportar por fuerza beneficios también de naturaleza comunal. Pero ¿cuáles? Del hecho de la muerte en sí poco bálsamo podemos extraer: sólo la opinión, tan enraizada en nuestra tradición, que lee en el tránsito una liberación de los padecimientos de la vida, y que aquí en realidad ni si afirma ni se niega, porque el anonimato del finado anula, a efectos prácticos, su condición de hombre para convertirlo más bien en fracción de los españoles y, en último término, en una oportunidad para la emoción colectiva. Mucho más provechosas son, desde la perspectiva del interés social, las circunstancias de ese último adiós. Sus ventajas comienzan por el irrebatible ennoblecimiento de la sociedad en masa: la caridad post mortem es ejecutada por otros en nuestro nombre, y por ello sus efectos reconfortantes —que se sustentan vagamente en el refranero: «bien está lo que bien acaba»— se transmiten como por ósmosis entre la ciudadanía, despidiendo en el proceso un cierto aroma de autocomplacencia. Si el último trance nos iguala a la baja en la corrupción de la carne, nuestro contraataque consiste en nivelar al alza la dignidad de cada partida. Con ello la victoria es doble: nos reconciliamos, simultáneamente, con la eternidad y con nuestras injusticias intestinas, revistiéndonos de un orgullo que en nada deslustra el que la buena obra sea hecha por delegación —el individuo sabe que los méritos municipales le pertenecen, y que todo adorno moral de una corporación no puede ser sino extensión o emanación de las virtudes de sus componentes—. Por otra parte, la reverencia que inspira la nobleza de los profesionales y voluntarios que participan en el cortejo (sobre todo la de los últimos) los convierte de inmediato en héroes populares del tipo que, por ser precisamente gente como nosotros, nos deja margen suficiente para que los confundamos de hecho con nosotros mismos. Íntimamente nos sentimos todos un poco partícipes de sus gestas, y cuando los loamos en la sobremesa del domingo, se diría que casi pecamos de una cómplice falsa modestia.

    En definitiva me parece que esta relación mediada y mediática con la miseria no deja de desempeñar una utilísima función, paradójicamente consoladora: la de convencernos de que somos pobres pero no mezquinos, y que, a fin de cuentas, la penuria nos brinda una ocasión para el lucimiento moral, aunque éste se verifique de modo subrogado. En cuanto a doña María del Carmen Sotillo, creo haber demostrado que se equivocaba de medio a medio condenando a la beneficencia: como se ha visto, también ésta nos ofrece espectáculos hermosos, que además cuentan con la ventaja adicional de poder prescindir del pordiosero en su escenografía.

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