Error y ciencia

por Darío Acebales

El error es, siquiera en primera instancia, siempre lamentable, y eso pese a su indudable valor didáctico y a la contingencia de que un insospechado giro de los acontecimientos acabe haciéndonos celebrar lo que un minuto antes deplorábamos ―en este extremo, el adagio «no hay mal que por bien no venga» manipula, creo, la estadística a favor del optimismo. Temer al error es tan humano como errar, y sin embargo encuentro indicios de que Occidente soslaya la segunda parte de este postulado para embarcarse de manera monomaníaca en la supresión absoluta del error, al precio que sea necesario y caiga quien caiga (y un poco caemos todos). Cuando Galileo decía que «hay que cuantificar cuanto sea cuantificable y hacer cuantificable lo que no lo es» no hacía sino expresar su visceral miedo al error, que tal vez inspirara también el nuevo uso que Kant le dio más tarde a la máxima latina sapere aude (podría haber dicho «errare time»); en último término ambas citas obedecen a un equívoco que presumiblemente tuvo lugar en el Renacimiento, cuando, queriéndole encontrar un nuevo centro al universo, las opiniones oscilaron entre atribuirle el puesto al hombre o a su negación; la cuestión no se dio por zanjada hasta el siglo xviii, y aún entonces sólo epidérmicamente, cuando se perfeccionó un sistema ―el actual― que permitía de manera simultánea dar a entender que primaba el ser humano mientras bajo cuerda se practicaba una forma alambicada de misantropía.

    Daré una muestra de ese desdoblamiento: en tanto que en su sentido estricto la noción de «error» es atribuible sólo al hombre, pues únicamente él es capaz de discernir el desencuentro entre intención y resultado y asumir la responsabilidad de ese desvío, el dialecto científico sostiene que los instrumentos de medición los cometen (en vez de «imprecisiones» o «fallos»); esta atribución de características humanas a seres inanimados, que es sintomática, emite unas ondas baja frecuencia que, si se afina el oído, desmienten fehacientemente que se trate de una simple metáfora, dando en cambio la medida de una equiparación a la baja, de una interesada indistinción entre hombre y máquina ―digo «interesada» en el sentido de la resistencia psicoanalítica, es decir, mórbidamente―. La confusión funciona: sólo así se explica que la expresión «error humano» no nos suene ridículamente redundante, como «entrar adentro» o «salir afuera». Pienso que el auge popular de la ciencia, o de su sucedáneo pop, habla en este sentido: como un bálsamo mágico nos promete un futuro de infalibilidad aparentemente libre de costo, porvenir del que las batallas ganadas hasta hoy ―las enfermedades erradicadas, el bienestar tecnológico― se presentan fraudulentamente como el mejor aval. El embeleso que traen esos éxitos nos lleva a contemplarla extasiados hasta olvidar que su misión es sernos útil, y que existen dimensiones de nuestra existencia en las que no puede serlo (no en vano hay quien postula que cualquier poeta sabe más de la luna que la NASA).

    El mes de julio que hemos dejado atrás ha quedado marcado para muchos por la tragedia ferroviaria española; extensamente se ha debatido sobre la parte del maquinista en lo sucedido y las razones por las que los sistemas de frenado no estaban automatizados. Está hoy fuera de duda el hecho de que, en este caso, la apuesta por la tecnología podría haber salvado vidas. Más allá de las limitaciones presupuestarias pretendidas o reales, creo que la cuestión de fondo tiene que ver con nuestra indeterminación en lo que respecta a la delegación de responsabilidad en la máquina, o lo que es lo mismo, su abrogación, porque la tecnología es, al menos por ahora, irresponsable. Ignoro si la siguiente hipótesis es cierta, aunque no me parece remota: quizá el pilotaje automático de determinadas medios de transporte sea, de hecho, más seguro que el efectuado por un humano, y sin embargo salvo en raros ejemplos preferimos el segundo (que esta preferencia se elija mediante decisión directa de los despachos o mediante estudios de mercado reviste escasa importancia). Hace casi un siglo, entre 1923 y 1924, Franz Kafka escribió Der Bau, que se ha traducido al español como La obra o La madriguera: en ella un animal monologa paranoicamente sobre su inexpugnable guarida subterránea, un cubil admirablemente diseñado para ofrecerle protección y sustento ―los pequeños roedores que de tanto en tanto se internan en él atraídos por el aroma de sus reservas de comida. Tras una breve ausencia, la bestia advierte un cambio sutilísimo en ese reducto de invulnerabilidad: un casi imperceptible pero pertinaz susurro cuya causa no acierta a determinar y que nosotros aquí bautizaremos llanamente «Malestar». El final de la historia no lo conocemos (presumiblemente el texto completo se encontraba entre las obras que Dora Diamant quemó tras la muerte de Kafka); verosímilmente ello hace que la parábola sea más convincente.

* Esta entrada de Υποσημειώσεις – Notas a Pie de Página será la última hasta septiembre: otras labores literarias me tendrán ocupado hasta entonces. Los lectores que deseen ser avisados de la reanudación del blog pueden hacer uso de la aplicación «seguir», que les permitirá recibir futuras actualizaciones en su correo electrónico.

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