Υποσημειωσεις

Darío Acebales

Una nota del traductor

Hay placeres de los que conviene no abusar: el de explicarse o justificarse lo es (placer) porque compartir algo que uno se cree el único, o casi, en saber siempre alivia nuestra soledad, y porque además te rescata al mismo tiempo de una aparente injusticia: la de ser juzgado por un acto sin que se conozcan todas las circunstancias que lo rodean. Por otro lado, la confianza en la buena fe e inteligencia de los pocos cuya opinión tiene alguna importancia debería ser uno de los principios del arte de vivir, o por lo menos del vivir tranquilo. Todas esas cosas pensaba el otro día al añadir la siguiente Nota del Traductor a un poema de Aranitsis, que pueden encontrar en su página PAЯADOXA bajo el epígrafe [de la obra Morfología].

«NOTA DEL TRADUCTOR

Traducir poesía es una bella labor que requiere una cierto valor (algunos lo llamarán falta de escrúpulos); también complicidad, aunque no sea más que en la imaginación del traductor, entre este y el futuro lector, porque la tarea solo puede llevarse a cabo con una cierta honra dando por sentado que el lector es consciente de que lo que se le sirve es una aproximación o un simulacro tejido, en uno u otro grado, a fuerza de sacrificar unas cosas para salvar otras. No hay otra forma, y por eso toda traducción poética está abocada a ser un relativo fracaso como tal, por más que algunas lleguen a ser fracasos bastante felices, tan eficaces en lo que se propone el texto como el original, o incluso más. A este respecto se ha dicho muchas veces, y yo estoy de acuerdo, que la naturaleza de la tarea del traductor impone su casi invisibilidad: romper el engaño en que se sustenta la magia de cualquier juego es claramente de mal gusto, ese engaño que aquí permite que el lector finja creer que lee las palabras mismas del autor aun a sabiendas de lo contrario. Como traductor literario, por tanto, evito las notas al pie porque opino que «sacan» al lector de esa ficción convenida y conveniente, máxime en el caso de textos que requieren mantener nuestra sensibilidad sintonizada más allá de los límites de la frase informativa, como sucede en la poesía. En ella una nota del traductor es un teléfono que suena cuando se está desnudando al amante: extemporánea. Harina de otro costal (el filológico) son las ediciones críticas y las traducciones académicas —que no son, por ahora, nuestro objetivo.

Quizá, con todo, haya ocasiones en las que un pequeño comentario antes o después de la lectura pueda ser útil para ayudar al lector a conseguir mejor esa sintonización con el poema: la anotación que quiero dejar aquí con suerte no será solo el testimonio de una relativa y quizá necesaria derrota del traductor, sino antes la disculpa para ofrecer una clave que sitúe algo mejor a un autor, Evgenios Aranitsis, que aún no es demasiado conocido en el ámbito hispanohablante, y cuya obra no se entiende en profundidad sin una visión de conjunto que, por la falta de traducciones, falta en nuestra lengua. Quien haya seguido las actualizaciones de la columna PAЯADOXA ya se habrá dado cuenta: Aranitsis escribe desde la posición de quien observa un linde, probablemente más temporal que geográfico, entre dos universos, Oriente y Occidente, con frecuencia para hablarnos del deslizamiento del uno en el otro. Lo que representan cada uno de estos dos y el territorio que se extiende entre ambos es el material de que están hechos sus artículos, ensayos y parte importante de su obra poética: pretender cifrarlo aquí sería, además de presuntuoso, por fuerza inexacto. Queda la anotación, digamos, como guía para nuevos navegantes.

En cuanto a la nota puramente traductológica: entre las múltiples repeticiones sobre las que se construye el poema en cuestión, destaca la oposición de los sustantivos griegos dysi y anatolí, que se repite en sus correspondientes verbos dyo y anatello. El primero, dysi, quiere decir «Occidente», «oeste», «poniente» en su primera acepción; también «ocaso», tanto en sentido literal («anochecer») como en el metafórico («decaimiento, decadencia»). En consecuencia, el verbo dyo designa tanto nuestro «ponerse» (el sol o la luna) como el más sombrío «decaer». El segundo sustantivo que mencionaba, anatolí, remite por su parte a las nociones de «Oriente», «este», «levante», así como a «alba», «amanecer», que puede ser, cómo no, también una metáfora. Su correspondiente verbo, anatello, significa «surgir», «salir» (el sol o la luna). Se entenderá entonces mi aprieto ante un verso como «andan desde entonces transportando estoicamente sus nombres hacia allá donde poniente sale con la luna», en el que la palabra «poniente» (dysi) remite simultáneamente al oeste, a Occidente y al ocaso literal y metafórico, mientras que «sale» (anatellei) ha de evocar además, por su origen etimológico, la noción de «Oriente» (¿orientea?, ¿recibe la influencia del Oriente?). He tratado en mi versión de aproximarme a esta polisemia desde una perspectiva global: tengo la esperanza, no sé si vana, de que de la lectura completa del poema se pueda extraer un mapa de sentidos que no se aleje demasiado del original griego. Si no lo he conseguido, pido del lector paciencia (conmigo) y perseverancia (con Evgenios Aranitsis) —sería una lástima que por esta eventual falta de acierto se perdiera las satisfacciones que, estoy seguro, la lectura de este interesante autor puede brindarle en el futuro.

D. A.»

Listas

Va acercándose el final del año, y el tic de las listas con valor de balance se extiende: cada medio tiene las suyas, pero son seguras las de libros imprescindibles, las de mejores películas y las de insignes que nos han abandonado mientras el planeta iba trazando metro a metro su círculo alrededor del sol. Ya posar la vista en los titulares que las encabezan garantiza la melancolía, intuyéndose como se intuye que con ellas se trata de combatir, entre heroica y desganadamente, la inasible hiperabundancia del banco de novedades editoriales, de las volátiles carteleras de cine, del incansable vaivén de la guadaña durante los últimos doce meses. Así y todo cuesta no detenerse a pensar en el ridículo número de esos libros que uno ha leído, las relativamente escasas películas vistas, lo poco familiarizado con tal o cual autor del que ya existen, en potencia, unas irrevocables obras completas. Ya se sabe que no hay que tomarse esas listas demasiado en serio; la misma disconformidad entre unas y otras nos dice que tendrá que rotar la Tierra unas cuantas veces más antes de que nos hagamos una mínima idea de qué sucedió realmente este año, si es que ha sucedido algo. Ya entonces tendremos tiempo de buscar esas obras o de amigarnos, en ese lazo asimétrico y extraño, con los muertos-vivos de papel.

  Creo que en mi caso la languidez de ánimo en que me dejan esas selecciones tiene algo que ver con la oscilación agridulce entre lo recorrido y lo por recorrer, la feliz pequeña angustia de haber cabalgado ya bajo la «enramada cúpula» de Neruda, haberme perdido en los espejos y mirado en los laberintos de Borges y haber olido la sangre griega de Euríalo sobre la tierra romana. De haberme preguntado con Ninetto «che cosa sono le nuvole?» y haber viajado a aquellos años de la guerra de Vietnam con Jane Fonda y con Anne Wiazemsky; de haber ya acompañado a los Stones de Godard. Rondar la treintena es no haber visto nada. Si acaso un anticipo. Pero, ¿para cuánto nos alcanzará el tiempo? A la pregunta de si uno debe alegrarse más por esas visitas ya cumplidas (algunas de inmediato convertidas en frecuentaciones) o por el bosque de las que lo esperan, las recomendadas por amigos o por el azar entre las que con suerte encontrará algún tesoro definitivo, un libro que poner cada noche bajo la almohada junto a la espada o una película cuyo guión memorizará y reconocerá sorprendido en sus solitarias conversaciones con el tiempo, hay dos respuestas posibles: la primera es «de ninguno de los dos, porque siempre hemos conocido menos de lo que quisiéramos, siempre lo que ha de venir es sólo una fracción de lo que nos gustaría». La segunda, que es preferible, dice en cambio: «de ambos, porque esa minúscula fracción, la que ya has recorrido y la que está frente a ti, es tu vida».

  Es una tentación soñar con recordar el futuro, siquiera tan imperfectamente como adivinamos el pasado. Yo tal vez estaría dispuesto a sacrificar la excitación del descubrimiento por el placer de la revisita; volver a leer por primera vez las páginas que me están destinadas y que un día me parecerán irreemplazables no me daría, naturalmente, pereza. Claro que eso sólo podría darse al precio de saber también cuáles son los libros que no alcanzaré, las películas que quedarán fuera de mi videoteca, en definitiva al precio de conocer las fronteras exactas de mi finitud. Se cuenta que en una ocasión un admirador detuvo a Borges en la calle a la voz de «¡Maestro! ¡Es usted inmortal!», a lo que él respondió que no había motivo para semejante pesimismo; puede que de saber ya leídas cuantas páginas le correspondía visitar en su vida su contestación hubiera sido más sombría.

  Volviendo a las listas: no les dediquen, como decía, demasiada atención. Calculo que son guiños de nuestro miedo a la muerte, coqueteos que nos hace desde balcones abiertos sobre las autopistas de lo vertiginoso. Mejor será que sencillamente lean, que vayan al cine, que paseen ustedes con calma.

Los mestizos

Hasta antes de ayer como quien dice, las llamadas «identidades mestizas» solían serlo por razones en las que, mucho o poco, en directo o en diferido, mediaba la geografía; de un tiempo a esta parte en cambio, con la desterritorialización posmo ya casi cumplida, el tipo de cruce de sangres en boga se ha liberado por fin de esa limitación, para convertirse en un fenómeno de mucho más amplio alcance al que cualquiera puede optar por sumarse con independencia de sus orígenes. ¡Albricias! La nueva clase de hibridación es, por consiguiente, democrática. Así que atención, porque nociones como «medio español, medio moldavo», además de tintinear cada vez menos en los oídos como preludio de algo interesante o al menos inusual, se van quedando poco a poco vacías de sentido: el que los sistemas psicomentales se fraguan bajo el mismo espectro de condicionantes ideológicos aquí y en la Cochinchina era materia del curso pasado —ya examinado y aprobado—. En toda esa cóncava amplitud de la no-geografía, digo, se impone hoy más bien un mix en el que confluyen pasado o futuro, o mejor, en el que el futuro trata de exterminar a golpe de burocratismo cuanto de la sensibilidad pasada nos queda.

    ¿Cuáles son entonces los componentes de ese nuevo mestizaje del que hablo? A saber: dos modos de entender al animal humano que muchos toman por sinónimos y que, hasta que una extraña pirueta copulativa los ha unido en feliz paradoja, eran más bien excluyentes entre sí: la persona y el individuo. Defino: por persona se quiere decir «lo derivado de ese antiguo postulado de que cada uno de nosotros es único, diferente y probablemente irrepetible; eso que misteriosamente se cifra en el nombre propio». Por individuo entiendo «el sujeto legal o unidad indiferenciada del conjunto social, homologado a los demás por, digamos, derechos y obligaciones no nominativos». O dicho de otra forma: «Tú» y «Tú menos Tú». Se entenderá mejor a qué me refiero abordando la sintomatología de esta hibridación, que es, en lo inmediatamente visible, de orden lingüístico, y manifiesta una especie de transfusión de competencias entre departamentos: cuestiones que desde siempre habían pertenecido a la esfera de las emociones —y por lo tanto al ámbito denominado personal—, parecen haber pasado a regirse, de la noche a la mañana, por la lógica de la legalidad vigente, adoptando en el tránsito también su jerga jurídica.

    Veamos alguna muestra:

    Comenzando por el seno familiar, encontramos por ejemplo que la satisfacción por la sintonía entre sus miembros se suele expresar en este criollo con inusitada frecuencia mediante giros como «mis padres y yo nos comunicamos muy bien» (!). La declaración no es exactamente hipócrita —el persona-individuo actúa de buena fe y sabemos que estima a sus progenitores—, pero inopinadamente extiende sobre el cariño doméstico una pátina de probidad y sensatez quizá más propia de los agregados diplomáticos de países limítrofes (la siempre noble nación sueca saluda al excelente pueblo de Noruega). Que nadie me diga que exagero: sirve imaginarse a nuestros abuelos en su juventud pronunciando la frase para sentir, más o menos intenso según lo afinado que se tenga el oído, el leve chirrido de lo incongruente. «Eran otros tiempos, entonces no se hablaba con los padres», argumentará algún lector. «Gracias, veo que al menos se ha resintonizado usted», respondo. Confusión parecida los lleva a entregarse, otro ejemplo, esta vez detectable tanto en el calor del hogar como entre amigos, a la hueca hiperinflación de «por favor» y «gracias» que se estila en las ventanillas ministeriales: me refiero a aquellos casos en los que alargarle un bolígrafo a un hermano desata todos los resortes de la gratitud, pretendidamente sin menoscabo de la autenticidad. Porque nada puede convencer a los híbridos de que esa exuberancia gratulatoria responde a la interiorización de un paripé, con precio a pagar en forma de depreciación de la misma noción de agradecimiento. Y más casos, ya en modo ráfaga para no cansar (saco cuaderno de notas): «ser amigo no le da derecho a meter baza», «es un tema privado que a mi pareja no le incumbe» o el muy frecuentado «no es nada personal, pero…», al cual sigue, con un porcentaje de probabilidad cercano al 99,9%, un comentario exclusivamente personal. No insistiré, a los inteligentes les basta con poco.

    A falta de datos fiables propongo un mito fundacional, situado en el seno de la familia para no faltar a ciertas tradiciones, y que yo me imagino representado en uno de esos países luteranos en los que el porvenir hace ya tiempo que ha venido. El individuo, dice, cómoda emanación del hombre todavía separada de él, reinaba en los derroteros de las transacciones entre instituciones y todo hijo de vecino; también, por el bien de los negocios, allá donde había intereses contrapuestos —patrones y trabajadores, propietarios e inquilinos, el consabido etcétera—. Cierta tarde de octubre, un abogado civil hasta entonces razonable con su señora e hijos, volviéndose de súbito hacia aquella tras oír lo que le pareció el sellado de una instancia, pero que bien pudo ser una ventosidad, tuvo la impresión de que ya no era a ella a quien veían sus ojos, sino la hoy célebre parte contratante de la tercera parte del acuerdo, esto es, toda una individua; acto seguido dedujo que si A+B=C podía considerar, por la misma regla de tres, a su progenie causahabientes mortis causa por anticipado, y por tanto ponerles la maleta a la puerta de casa el día mismo que cumplieran los 18. Casos semejantes de proyección han sido descritos anteriormente. Sea como fuere, el contagio debió de ser inmediato: su señora, habituada por otra parte a las luchas feministas etcétera etcétera, encontró fácil asumir que los días de romanticismo habían tocado a su fin y que en lo sucesivo convivía con un litigante en su contra personado (con perdón del retruécano) en acusación popular, lo que la obligaba a mantener vigente a perpetuidad una demanda en tercería. Ya saben ustedes. Aquí es cuando podemos dar, finalmente, la mezcla por consumada, porque los hijos, aprendices de instinto infinitamente más penetrante que el de sus padres, se olieron de repente un día que los individuos, a diferencia de las personas, o no mueren o lo hacen con mayor asepsia, y así se animaron a reclamar su independencia con tan solo 17 añitos, es decir con casi un año de ventaja sobre los demás, para gran orgullo de ambos padres. Serán, naturalmente, estos amestizados quienes consagren el pidgin que es hoy a la comunicación diaria lo que el hielo al gazpacho.

     Es lógico que la muerte aséptica o la no-muerte exija el ejercicio de una vida aséptica o una no-vida. Y claro, eso conlleva, entre otras cosas, la asunción de la normalidad de que tu pareja orbite en algún espacio lejos, muy lejos de tu intimidad o de la conveniencia de que las amistades se reglamenten por derechos, que siempre han sido, son y serán, allí donde no los llaman, un artilugio para evitarse la engorrosa tarea de ver al Otro (y que con suerte servirán también para que un glorioso día cada uno deje de verse a sí mismo).

Teoría y práctica del perfume (ii)

La distancia, abstracto que aplicamos al espacio, el tiempo, la estima y la semántica, es un concepto elástico: pregúntenle a uno de esos microorganismos inconcebiblemente efímeros y a una secuoia milenaria por el significado de «próximo» y «lejano» y se darán cuenta de lo que quiero decir. Schlimmelmann concibió una mariposa malasia que apenas vive tres segundos, «casi nunca suficientes para expulsar las crías que ya está gestando en su interior»; los tres cuartos de siglo que nos corresponden a los humanos de este lado del mundo no son menos frenéticos, y lo mismo se suelen quedar cortos para nuestras gestaciones. En Teoría y práctica del perfume (i) anunciaba su segunda parte «en fechas próximas»; no creo que los casi cuatro meses que han pasado me hagan incurrir en falta. Si no están de acuerdo conmigo, siempre pueden atenerse a esta porción de sabiduría yanqui: never trust a man who always keeps his word.
Continúo donde lo dejé.

iii. Dyptique: L’Eau des Hespérides

Hay aromas que proceden del otro lado del espejo: en su tránsito de ahí a aquí se impregnan irremediablemente de las cualidades del vidrio. Es el caso de esta eau de toilette, que sinestésicamente se emplaza en el rango cromático de los turquesa. En una ocasión pinté una pared de un color llamado «verde etrusco»: seguramente ése es el tono, salvo por lo calcáreo. Decir que mi pituitaria lo encuentra romo puede tomarse como un argumento a favor del solipsismo. Y de nuevo el problema de los nombres. Quienes realmente se sienten interpelados por el universo del perfume quizá un día se organicen en escuadrones armados fastuosamente, que recorrerán con pompa las capitales europeas del glamour aniquilando uno a uno a los responsables de eyaculaciones verbales como «Eau des Hespérides». Los visitantes ocasionales podemos contentarnos con señalar la náusea de tanto amaneramiento.

iv. Maria Candida Gentile: Exultat

Parece asentado que cada perfume es la concreción de un proceso traductivo, el signo que vuelca los valores de un código primero, el emocional, a uno segundo, el olfativo. Ese traslado indica que se trata de sistemas diferentes, puesto que podemos traducir de uno a otro, y al mismo tiempo iguales, ya que lo expresado en ambos no deja de ser esencialmente lo mismo. La pregunta «¿cómo se dice “casa” en inglés?» es aceptable porque, aun suponiendo dos lenguas, el inglés y el español, ambas pertenecen a la Lengua, que es una. De modo análogo, puede uno preguntarse: «¿cómo se huele [Emoción]?» o «¿cómo se siente [Olor]?». En una última vuelta de tuerca, podemos expulsar por completo a la Lengua del terreno de juego, e imaginar que tales preguntas se formulan afásicamente, mediante una combinación significativa de olores y emociones respectivamente.

    Exultāre, como «reír», «llorar» o «amar», es un verbo que denota una traducción, esto es, el vaciado de un significante de tipo X (la sensación íntima de alegría, un signo emocional) en otro de tipo Y (el semblante propio de quien es feliz, el rutilar de la pupila, signos gestuales). El significante se escapa: no es, por cierto, la emoción inasible, porque todo significado debería ser autónomo, mientras que ésta nos remite siempre a otro lugar. El perfume es un movimiento de dentro afuera, «exultar» también. Y sin duda éste es un aroma alborozado. O, mejor, que significa el alborozo. Bautizando Exultat a su perfume, Maria Candida Gentile se me hace simpática, porque trata, pese al resbalón afectado del latín, de ser literal, y la literalidad me parece una encantadora forma de inocencia. Intuyo que también esta mujer debe de ser idéntica a su nombre.

Teoría y práctica del perfume (i)

El perfume forma parte, junto con el libro y la corbata, del arquetipo trino de regalo que la cultura cinematográfica y publicitaria ha impuesto en las últimas décadas y por ello con frecuencia se tacha su ofrecimiento de falta de originalidad; sin embargo cuando el presente proviene de una nariz, como se conoce a los expertos del ramo, es indudable que el gesto exige una lectura más cuidadosa, que incluya una apreciación de la semántica del aroma más allá de la pobreza discursiva de la mercadotecnia cotidiana. El pensamiento es hijo de la ocasión: la semana pasada recibí de manera inesperada un sobre con muestras más que generosas de seis fragancias de diversas casas, obsequio espontáneo de mi amigo Victor. Nadie más ajeno que yo a la sintaxis y morfología del perfume —mi neceser se limita a la cosmética más básica: jabón, champú, desodorante—, pero las ocupaciones y el temperamento del remitente hacen obvio que, además de una expresión de afecto, el envío comporta una invitación a acercarme a esta semiótica ignota. La acepto con gusto. El fruto de esa aproximación será, antes que un artículo al uso, una colección de breves apuntes a la deriva, tomados a vuelapluma a lo largo de los días.

i. Heeley: Cardinal

Los seis frascos de Victor son exactamente iguales: del tamaño aproximado de un índice y dotados de vaporizador. No se aprecia en ellos ninguna marca distintiva, pero cada uno está embalado en un papel que recoge, además de los apelativos de la casa y de la fragancia, su pirámide olfativa; sin ese envoltorio los confundiría. Esta abstención me parece declarativa: da a entender que el nombre real de un perfume es él mismo. Se trata de un rasgo compartido con la música, ya que ambos constituyen códigos que se significan, integrados por signos que no esconden el significado sino que lo son, en contraste con la lengua, que carece, al menos en un primer análisis, de la ventaja de la tautología —¿dónde está el sol en «sol»?—. Nominar un perfume debería por lo tanto ser una acción contenida, estrictamente circunscrita a la necesidad de clasificación y recuperación por la memoria. Todo lo demás supone incurrir en el ripio. «Nº 5» es una buena denominación; «Cardinal», apenas aceptable. Tras oler cada uno de los seis de que dispongo (tras nombrármelos), el único que asocio de inmediato con una figuración precisa es esta composición de James Heeley, que a fuerza de incienso y mirra evoca con eficacia el interior de una iglesia. El argumento quizá peque de escuálido, pero a falta de uno mejor la imagen se me ofrece como terreno firme para comenzar —también el profano en caligrafía oriental preferiría el árbol en 木 al dios en 神 en circunstancias análogas—. El primer contacto me revela igualmente notas de pimienta, la cual alambico burdamente en las expresiones «India» y «encuentro en el desván». Diría que fundan un contrasentido sobre el telón de fondo eclesiástico, como un tic obsceno en una maestra de parvulario. Eso oliéndolo del frasco.

    Ládano, vetiver, lino. En las fórmulas subyace un placer de los sustantivos; lo entreveo también, inconfesable, en algunas crónicas de tauromaquia, pero nunca en las deportivas, que tienden al énfasis y a la metáfora al peso. Su articulación produce talismanes léxicos: la historia o factura de la esencia es irrelevante, porque lo indescifrable —cómo no— significa, y lo hace con una vehemencia de que carecen las glosas: «hierba» apenas me conmueve, «resina» pasa por la explicación que destripa un chiste o un poema. El encanto se diluye a medida que ascendemos por la escala de los hiperónimos: «ládano», concretísimo e inescrutable, hechiza sin remisión; «jara», que contiene o produce el primero, resulta más o menos convincente gracias a sus resonancias castizas; para sus inmediatos superiores «arbusto» y «matorral» no hay salvación posible: están desprovistos de cualquier tipo de fascinación. Un peldaño más arriba, cuando el sentido se rareface hasta alcanzar densidades etéreas en «vegetal», el oído vuelve a llenársenos de las deliciosas insinuaciones de lo inidentificable, de los deleites de una vaguedad preciosista que se deshace en la boca como mantequilla.

    Me lo aplico y sobre la piel Cardinal se recombina: desde el instante en que abandona el estado ácrono e ideal de embotellamiento deja de ser igual a sí mismo, se transforma y evoluciona, y ese cambio alude al nacimiento y a la vida, y es bello. Describir los estadios del perfume me parece aquí prescindible, no así señalar que su declive al cabo de varias horas me emociona de una manera sutil, como suele suceder cuando se entiende algo que no se entenderá hasta más tarde.

ii. L’Artisan Parfumeur: Bois Farine

La transcripción de la biografía de un perfume se cumple a través de una metáfora geométrica: la pirámide olfativa solidifica el tiempo y la experiencia del aroma, encarnando su mapa y un aviso de su mutabilidad para usuarios bisoños como yo. La cúspide de Bois Farine —su fugaz carta de presentación al rociarlo— se compone de notas empolvadas y almendra, que dan luego paso a las llamadas «notas de corazón»: iris, jazmín y sándalo. La base de la pirámide, su maduración que transita de la intuición a la certeza con el paso de las horas, se articula entre el cedro, el aceite de guaiac y el benjuí —¡ah, qué dialecto maravilloso!—. Bajo la sugestión de su nombre y la mitología que lo acompaña (un árbol casi extinto en Isla Reunión, cuyas flores exhalan efluvios de matices harinosos), creo descubrir en este perfume la sublimación de lo blanco por solapamiento, concepto del todo antónimo al vacío espacial o a la noción de cero, en el que la síntesis de componentes conduce a una prestidigitación: 1+1+1+1+1=0. Aquí lo hallamos amigo de una afectación juguetona y cautivadora, inofensiva porque se reconoce a sí misma en el espejo. El movimiento es por lo tanto honesto, se puede participar sin miedo.

    Las reseñas de los comentadores diletantes se pueblan de imágenes culinarias: una norteamericana cándida y pizpireta vincula Bois Farine al recuerdo de la mantequilla de cacahuete de su infancia, y un joven inglés le responde en un vídeo que no, que pan recién horneado con cobertura de azúcar glas. Una legión de seguidores asiente o disiente en uno u otro bando, cada uno emprendiendo su propio pulso con el idioma para tratar de definir lo indefinible. El santo patrón de estos benditos es Proust: acaso los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido constituyan la definición más prolija de un sabor, el de la célebre magdalena, que se haya dado en la literatura —la vecindad de lo olfativo y lo gustativo justifican la titularidad—. Y es que si el perfume nos depara gozos sensoriales y estéticos, su traducción en palabras es fuente inagotable de placer intelectual: delinear el gesto con el que la fragancia acaricia los sentidos es un ejercicio que pone a prueba el instinto y la inteligencia, una batalla inevitablemente perdida de antemano que, pese a todo, embelesa a quienes comprenden la verdad de la metáfora, la sinestesia y el oxímoron.

(Una segunda parte completará «Teoría y práctica del perfume» en fechas próximas. El lector distraído puede encontrar útil la opción «seguir», que le permitirá recibir futuras actualizaciones en su cuenta de correo electrónico.)

Melanina y madame Lagarde

La atención mediática que recibe el estilismo de las poderosas ha sido tema central de al menos tres artículos esta semana: en ellos se pone en tela de juicio la pertinencia de tanto comentario al respecto de las ropas de ministras, presidentas, etcétera, y se concluye, abiertamente o entre líneas, que tras los análisis late el machismo de una sociedad que salvo casos de flagrante desfase raramente somete a escrutinio la indumentaria de sus grandes varones. Parece sobreentenderse aquí que, para agravio comparativo de las mujeres, los gobernantes del sexo masculino habitan una suerte de limbo de neutralidad semántica del vestir, la cual es imposible si no como fraude o sucedáneo de sí misma. La representación de lo neutro, como la de la santidad, comporta la cancelación de su esencia; el signo de la neutralidad no es neutro. Todo significa —la frase es de Evgenios Aranitsis—, y ésa es una de las razones por las que la vida es conmovedora y apasionante, incluso para los ateos. Existe no obstante una diferencia decisiva entre el aliño de ellos y el de ellas, que radica en la antigüedad del código: los trajes de corbata, fracs y pajaritas configuran una lengua en la que nos desenvolvemos con la fluidez que aseguran décadas de práctica, mientras que las faldas, fulares y leggins son unos recién llegados a la palestra, neologismos que aún buscan su asiento y su sintaxis. Incluyo dentro de esa gramática de la apariencia elementos no textiles, como el corte y color del cabello, el maquillaje o el bronceado, que constituye el objeto de este artículo.

    No debo de ser el primero en fijarse en el tostado tono posvacacional de la directora gerente del FMI madame Lagarde, ni tampoco en afirmar que encierra una riqueza semiológica que merece la pena tratar de desentrañar y que, lo adelanto, diría que nos inclina hacia la antipatía. Mi idioma, el español, se suele servir de dos términos para referirse a ese estado del cutis: bronceado y moreno, de raigambre culta y popular respectivamente. Veámoslos, y su historia:

    En la mitología de los metales el bronce se sitúa en una posición intermedia: sin pertenecer al orden de los preciados (el oro y la plata, que son antonomasia de la opulencia, el insulso platino), su dureza, peso y tonalidad lo revisten de una gravedad y una nobleza incontestables. El barroco español, que adoraba la impostura, lo imitó en sus retablos, alternando en las mazonerías el bronceado químico con el célebre pan de oro bruñido. Al contrario de lo que sucedía con éste último, la técnica del bronceado no perseguía  la ostentación de un lujo presuntamente necesario para la enternecimiento del espíritu, sino más bien falsificar una dignidad de índole moral, la propia de una aleación con que se fabricaban campanas y cañones. No extraña por ello que su uso fuera contestado por ciertos artistas —acaso los más imbuidos del espíritu de la época—, que señalaban el anacronismo de una venerabilidad tan espontánea y censuraban el artefacto por «parecer viejo». Análogamente la tez oscura, cifra del trabajo en el campo y de lo natural, es objeto de cada vez mayor animadversión a lo largo del Siglo de Oro, y se combate por ello con demoníacos cosméticos a base de cal, arsénico y plata cuya suntuosidad tóxica debió de arrancar lágrimas de entusiasmo entre las damas, hasta que el descubrimiento del inocuo polvo de arroz vino a aguarles el drama y el dispendio. En la jerga de aquella suspicaz adolescencia nuestra los rostros podían ser morenos, nunca bronceados: no convenía mezclar lo sarraceno con el baldaquín de San Pedro.

    Se hubo de esperar hasta el Romanticismo, mucho más indulgente en la formulación de sus prejuicios, para que la melanina se viera sancionada por la metáfora metálica, y ello siempre bajo la condición estricta de que su uso obedeciera al exotismo. El corpus histórico de la Academia atestigua el paso de la literalidad a la imagen: si hasta mediados del XIX el elenco de lo bronceado solo se compone de mobiliario y pequeños objetos personales —una cama de ébano (1707), pechinas y medallas (1727), un tenebrario (1830) y un bufete (1837)—, a partir de la segunda mitad del siglo la distinción se extiende a una gitana andaluza (1847), un becqueriano caudillo hindú («de tez levemente bronceada, pero admirable por su juvenil tersura», 1856) y a los habitantes del Magreb (1865), que abandonan así su inherente condición de morenos —es decir, morunos— en pos de una antropología ideal. El color atezado en la piel permanecerá extranjero y risible durante casi una centuria: en ese período su encomio vale lo que un acto de condescendencia con el que se reconoce el potencial decorativo de quienes, desprovistos del privilegio de la blancura, encarnan el tipismo jacarandoso de los márgenes del mundo civilizado.

    La llegada de la modernidad le dio un vuelco a la situación: la lenta transformación que vino a santificar el trabajo y la sobreabundancia sustituyó, en favor de la renovación incesante del acto de consumo, el modelo del «tener» por el del «aparentar», que justifica la obsolescencia casi inmediata de los productos e inaugura el auge del sector servicios. El bronceado se adquiere, se luce, caduca: es recibido de brazos abiertos por la triunfante clase media. Para asimilarlo es preciso neutralizar previamente sus connotaciones negativas: Gabrielle Chanel se encargó de ello en los años veinte, fulminando de una escapada a la Riviera francesa varios siglos de escrúpulos y transformando, como ya había hecho con las camisetas rayadas de los pescadores, lo vulgar en refinamiento. Los valores románticos de pintoresquismo y rusticidad no ofrecen ninguna resistencia a esa apropiación, puesto que todo lo exótico ya se había naturalizado parisino (vale decir europeo) desde los tiempos del cabaret, y la vida campestre, idealizada por la publicidad y el cine, se había alambicado en el picnic dominical y otras actividades que implicaban el consumo de una nueva mercancía: el tiempo libre. El espaldarazo final lo da el Estado: en 1936 Francia garantiza las vacaciones pagadas a sus trabajadores —con esa ocasión nace Ambré Solaire, primer bronceador de la historia—, y la semántica de la melanina se enriquece así de manera inesperada con un matiz de conquista social: el cutis dorado reivindica el asueto del feliz burgués y declara incontestablemente la bondad intrínseca del sistema, pasando a equivaler a una declaración de adhesión absoluta a él.

    ¿Y qué es, en definitiva, lo que suscita tanta animosidad en la pigmentación a fin de cuentas inofensiva de Christine Lagarde? La respuesta inmediata deriva de su posición ya a priori sospechosa: la gerencia del Fondo Monetario Internacional no le granjea a uno las simpatías del pueblo, y mucho menos con la que está cayendo. Si el ejercicio del puesto no se acompaña por otro lado de una escenificación de ciertas virtudes morales que atenúen esa presunción de perfidia (el comedimiento, la gravedad, la solidaridad con los mártires de la Economía), el resultado es una desafección y un recelo sin descargo posible. No hay que olvidar que la política francesa accedió al puesto que hoy detenta tras el escándalo Strausss-Kahn: personificaba entonces el control y el pragmatismo, un intachable «buen hacer» avalado por su sobresaliente carrera y en el que un analista malicioso podría querer leer la proyección del mito de la perfecta ama de casa, que pone orden donde el hombre, irresponsable y tarambana, ha sembrado el caos. El tono de piel de madame Lagarde comunica ahora una frivolidad fuera de lugar, que parece significar su indiferencia —o peor aún, su jocosidad— ante cuantos no pueden costearse un hotel de cinco estrellas en la costa caribeña. A esta figuración de su perversidad contribuye, en el caso de los hispanohablantes, la sonoridad reptiliana del nombre, que evoca en nuestra lengua el carácter de mujer taimada que se le supone a la estadista. Pero el signo cutáneo que con tanta frescura ostenta no agota su matices en esa primera mirada de indignación, sino que es polisémico; de hecho sus sentidos forman un pastiche contradictorio y sin embargo muy real, que bebe de las fuentes a las que me he referido anteriormente. La epidermis de la gerente del FMI manifiesta el entusiasmo de una élite contagiada de valores burgueses (si me permiten el anacronismo) y que glorifica hasta la tanorexia el bronceado como compendio del derecho al consumo de ociosidad, preferentemente de alto standing. Simultáneamente, la imagen de esa naturalidad galvanizada nos da pie a resucitar el viejo prejuicio de la supremacía de la palidez, en virtud del cual podemos ver a madame Lagarde como a una desharrapada indigna, una azotacalles que socarronamente se ríe de nosotros desde un cargo al que nadie sabe cómo ni por qué ha llegado. Es decir, nos brinda la oportunidad de resarcirnos de tanta penuria tachándola de morena.

Escritores del linde

La admiración por cierto número de sus predecesores acostumbra a formar parte de la condición de escritor, tanto que el estudio de la genealogía de esas querencias presta justificación a toda una disciplina académica: la Historia de la Literatura. No faltan en sus filas quienes fingen entender tales linajes como diagramas de flujo: siguiendo una progresión algebraica comienzan por Gilgamesh y acaban, por ley de necesidad, en los cuentos de Alice Munro, los cuales es de suponer que contengan en germen cuanto nos depara la literatura desde hoy hasta el día del Juicio Final. Un determinismo así detenta ventajas: en primer lugar nos exime de la farragosa tarea de escrutar a fondo la singularidad de cada obra (y por ende de cada autor); más profundamente, nos libra del anatema de la generación espontánea, perpetuando nuestro tic de atribuir a todo hecho fenomenológico (por ejemplo, un poema) una causa contingente y finita (digamos, otro anterior). Borges se hizo cargo del equívoco: suya es la página que propone que todo literato inventa a sus predecesores, con la que invirtió el sentido de las flechas del gráfico devolviéndoles de paso a los intelectuales la dignidad del libre albedrío.

    Ese flirteo silencioso entre muertos y vivos diría que desmiente con vehemencia el tiempo y ampara el viejo postulado de que cada hombre participa de una esencia común, la invisible ousía humana. Si ésta es real, no considero improbable que la biblioteca de cuanto se ha escrito sea uno de sus atributos, como para los musulmanes el Alcorán lo es de Dios. En los anaqueles de esa sala ideal los de aquí buscan a ciegas a los de allí, y los encuentran sublimados en intelectualidad pura: los textos, desgajados de unos cuerpos largamente ausentes, reivindican o condenan a sus artífices con una voz ya desnuda de las imposturas de la anatomía, el gestuario o la indumentaria. El autor muerto trasciende alambicándose en lenguaje: tal fue la naturaleza del diálogo de San Agustín con Platón, de Poe con Chaucer, de Kafka con Flaubert y Dickens. Así hasta el siglo xx, que introdujo en el mundo de las ideas un arquetipo nuevo: el del botón de rec.

    Me reconozco ignorante de los hitos de la relación entre escritores y cámaras, pero intuyo que las emisiones —sobre todo entrevistas, pero también reportajes y otras intervenciones más o menos estelares— debieron de alcanzar su apogeo cualitativo entre los cincuenta y los ochenta del pasado siglo, época en que la televisión todavía tanteaba los diversos equilibrios posibles entre palabra e imagen (el proceso, lo sabemos, se saldó con la negación de la primera en favor de la apoteosis de la segunda). En aquellos días Borges, Nabokov, Burroughs, Cortázar o Barthes se paseaban por las pantallas con una naturalidad que nada adeuda al adocenamiento, tan elegante que hoy resulta casi escandalosa. Como en las primeras tomas del cinematógrafo, los objetivos enfocaban cándidamente un mundo todavía fiel a sí mismo, por más que abocado por los mismos objetivos a la metamorfosis. Y es que aquélla fue una generación extraña; última y primera, su hábitat es transicional. Si el halago del estrellato catódico representa sin duda una novedad, el contenido y el formato de aquellos programas denotan en cambio la perduración de un sistema de valores anterior: los escritores, genuinamente intelectuales, responden de modo ingenioso y poético a las preguntas de los entrevistadores, mientras éstos por su parte cumplen gustosamente con la responsabilidad de no proferir sandeces, y de maravillarse cuando el entrevistado es maravilloso. En las grabaciones españolas hasta sorprende la formalidad del tratamiento de usted, hoy prácticamente desterrado de nuestras ondas hercianas y que añade a esos documentos una pátina de autoexotismo no muy distinta de la que halla un bisoño lector en las páginas de El Quijote.

    Tales son los escritores del linde: partícipes de dos universos, de los dos salen victoriosos. Sin paradoja, son simultáneamente pensadores auténticos y vedettes, porque la particularidad del momento se lo permite. Por una vez la aparición en pantalla en absoluto vulgariza, sino que antes confirma su carácter de criaturas excepcionales: en estos vídeos el espectáculo siempre parece distar apenas un paso de la inverosimilitud, como si se entrevistara al mito en lugar de al hombre, y sin embargo en todo instante se mantiene el empate entre realidad y encantamiento. No creo que haya escritor que no disfrute como un niño con esas grabaciones. Constituyen, me parece, un género difícilmente repetible en nuestros días, como las greguerías de Gómez de la Serna o los poemas modernistas de Rubén Darío.

Amanecer de resaca

En absoluto sorprende la caída del telón de fondo que esta semana ha dejado al descubierto la maquinaria intestina de la ultraderecha griega, la tramoya de una representación cuya parte visible ya resultaba de por sí sobradamente repugnante. Se trata —¿qué duda cabe?— de un ingenioso ardid escénico, el último de una tragedia interactiva que ha hecho de todo el país balcánico su teatro y que, durante los últimos dos años, les ha permitido a los griegos ir configurando una trama truculenta en función de su necesidad catártica de experimentar compasión y miedo. Este desmantelamiento final era conocido de antemano por todos, pero el juego del terror domesticado impone una regla innegociable: el fingimiento de ignorar no ya los previsibles pormenores del espectáculo, sino, sobre todo, su naturaleza virtual. Como los crímenes de los asesinos cinematográficos, el auge de Amanecer Dorado es logos puro, un gesto sin praxis o una amenaza hueca, por más que se profiera a voz en cuello. Otra cosa es que los fines del ritual requirieran del público un simulacro de convencimiento.

    Las víctimas, por el contrario, han sido perfectamente reales, como también la náusea generalizada. No hay aquí paradoja: para esa arcada precisamente se los elevó a la palestra pública, para que ejecutaran un show purificador que exige, para su eficacia, un cierto grado de verosimilitud. La nación reclamaba emociones fuertes. Y he ahí un reto, porque la apariencia de autenticidad es un rasgo que de un tiempo a esta parte escasea incluso en la realidad misma, tanto que apenas si se la encuentra en cantidades homeopáticas, casi inexistentes. El sistema democrático se presenta al caso como una oportunidad para la magia simpática: faculta ensayar el ademán en sustitución del hecho consumado, lo que se traduce en la degustación de una modesta ración de fascismo justamente para ahorrarnos el advenimiento del Reich. Asomarse al precipicio para figurarse el improbable salto o practicar nudos corredizos con la soga que luego se relegará al trastero quizá constituyan variedades menos sociales del mismo deporte.

    Está fuera de cuestión que los griegos sean tan necios o tan perversos como para desear de veras el ascenso al poder de los Camisas Negras, aunque una dosis de ambas condiciones haya sido imprescindible para llegar hasta donde se ha llegado. Todos los pueblos tienen sus idiotas. Más razonable resulta suponer que cuantos han participado en el coqueteo neonazi eran conscientes, de una u otra forma, de concurrir en un juego manifiestamente inmoral, pero no gratuito. Hasta esta semana, la manga ancha del ejecutivo los refrendaba, añadiendo razones para el escándalo y la indignación de todos, y colaborando a su manera en el efectismo del happening. El asesinato del rapero Pavlos Fyssas ha sido, finalmente, la señal esperada para abrir el último acto.

    No cabe ahora levantarse de la butaca y aplaudir el fin de la representación: aunque abocada desde el comienzo al desenlace de que somos testigos estos días, ha dejado en el auditorio una incontestable resaca, entre avergonzada y culpable. No sin causa: a la tesis de este artículo podemos contraponer la que postulaba Roland Barthes en Operación Astra, donde el semiólogo constataba que, con frecuencia, el mal se inocula primero disfrazado de vacuna, de modo a persuadirnos, una vez exhibidos todos sus «inconvenientes», de que tal es el precio a pagar por nuestra salvación ante otros peligros mucho más severos que nos acechan. O dicho de otro modo: no faltará quien se haya convencido de que, con la que está cayendo, las tropelías de Amanecer Dorado no son más que una broma en comparación con lo que nos espera si no hacemos algo pronto.

Entierros de beneficencia

Nadie que haya leído Cinco horas con Mario olvidará el lamento de doña María del Carmen Sotillo por la desaparición de los viejos usos en el ejercicio de la limosna, ese privilegio que le habían ido arrebatando a la burguesía española las mejoras económicas de los sesenta y, sobre todo, la subrepticia infiltración de determinadas ideas de corte progresista. Muy señora, decía: «si algo ha hecho Cáritas es impedirnos el trato directo con el pobre y suprimir la oración antes del óbolo, o sea, malmeter a los verdaderamente pobres y, por si fuera poco, restar oraciones». Y para rematar: «que yo recuerdo antaño, con mamá, deshechos, ¡Dios mío, qué espectáculos tan hermosos!». Medio siglo más tarde, la dialécticamente inagotable crisis pone el acto caritativo de nuevo de actualidad, presentado ahora por los medios con formas de narración que, por lo general, basculan entre la denuncia de sus condicionantes —expresión estrella es «desmantelamiento del estado de bienestar»— y el inatenuado encomio de sus agentes. Una de tales historias nos trae El País en su edición del sábado pasado; en ella se informa de que los entierros costeados por las funerarias municipales, los llamados «de beneficencia», se han incrementado significativamente en los últimos meses hasta alcanzar, por ejemplo, los 282 en Barcelona (el doble que un par de años antes). Para no quedarse en la mera estadística, el periodista ilustra los datos con la descripción de uno de esos sepelios, cuya escueta comitiva integran un enterrador y cinco miembros de una fundación de ayuda al indigente: cuatro a nómina y una voluntaria. El relato de la escena cuenta con todos los elementos necesarios para conmovernos: la entidad filantrópica y sus empleados, que encarnan los mecanismos con los que la sociedad despacha su benevolencia; la voluntaria, heroína a título individual y emblema de la buena persona, y por último el solitario difunto, víctima patética del «sistema» y que, como todo muerto, es la Muerte misma, que a cada uno nos llama por el apellido. El enterrador quizá seamos nosotros, por más que sólo con él no nos identifiquemos (la experiencia apunta a que «por más que» frecuentemente significa «porque»).

    El que los funerales les son más útiles a los vivos que a los muertos es una de esas afirmaciones de la psicología casera que, creo, no faltan a la verdad; en este caso resulta razonable suponer que enterramientos tan enfáticamente públicos (no tanto por la titularidad de la factura como por la sospecha de que se trata de las bajas de esa guerra difusa en la que estamos inmersos, nuestros caídos en el frente) han de aportar por fuerza beneficios también de naturaleza comunal. Pero ¿cuáles? Del hecho de la muerte en sí poco bálsamo podemos extraer: sólo la opinión, tan enraizada en nuestra tradición, que lee en el tránsito una liberación de los padecimientos de la vida, y que aquí en realidad ni si afirma ni se niega, porque el anonimato del finado anula, a efectos prácticos, su condición de hombre para convertirlo más bien en fracción de los españoles y, en último término, en una oportunidad para la emoción colectiva. Mucho más provechosas son, desde la perspectiva del interés social, las circunstancias de ese último adiós. Sus ventajas comienzan por el irrebatible ennoblecimiento de la sociedad en masa: la caridad post mortem es ejecutada por otros en nuestro nombre, y por ello sus efectos reconfortantes —que se sustentan vagamente en el refranero: «bien está lo que bien acaba»— se transmiten como por ósmosis entre la ciudadanía, despidiendo en el proceso un cierto aroma de autocomplacencia. Si el último trance nos iguala a la baja en la corrupción de la carne, nuestro contraataque consiste en nivelar al alza la dignidad de cada partida. Con ello la victoria es doble: nos reconciliamos, simultáneamente, con la eternidad y con nuestras injusticias intestinas, revistiéndonos de un orgullo que en nada deslustra el que la buena obra sea hecha por delegación —el individuo sabe que los méritos municipales le pertenecen, y que todo adorno moral de una corporación no puede ser sino extensión o emanación de las virtudes de sus componentes—. Por otra parte, la reverencia que inspira la nobleza de los profesionales y voluntarios que participan en el cortejo (sobre todo la de los últimos) los convierte de inmediato en héroes populares del tipo que, por ser precisamente gente como nosotros, nos deja margen suficiente para que los confundamos de hecho con nosotros mismos. Íntimamente nos sentimos todos un poco partícipes de sus gestas, y cuando los loamos en la sobremesa del domingo, se diría que casi pecamos de una cómplice falsa modestia.

    En definitiva me parece que esta relación mediada y mediática con la miseria no deja de desempeñar una utilísima función, paradójicamente consoladora: la de convencernos de que somos pobres pero no mezquinos, y que, a fin de cuentas, la penuria nos brinda una ocasión para el lucimiento moral, aunque éste se verifique de modo subrogado. En cuanto a doña María del Carmen Sotillo, creo haber demostrado que se equivocaba de medio a medio condenando a la beneficencia: como se ha visto, también ésta nos ofrece espectáculos hermosos, que además cuentan con la ventaja adicional de poder prescindir del pordiosero en su escenografía.

Error y ciencia

El error es, siquiera en primera instancia, siempre lamentable, y eso pese a su indudable valor didáctico y a la contingencia de que un insospechado giro de los acontecimientos acabe haciéndonos celebrar lo que un minuto antes deplorábamos ―en este extremo, el adagio «no hay mal que por bien no venga» manipula, creo, la estadística a favor del optimismo. Temer al error es tan humano como errar, y sin embargo encuentro indicios de que Occidente soslaya la segunda parte de este postulado para embarcarse de manera monomaníaca en la supresión absoluta del error, al precio que sea necesario y caiga quien caiga (y un poco caemos todos). Cuando Galileo decía que «hay que cuantificar cuanto sea cuantificable y hacer cuantificable lo que no lo es» no hacía sino expresar su visceral miedo al error, que tal vez inspirara también el nuevo uso que Kant le dio más tarde a la máxima latina sapere aude (podría haber dicho «errare time»); en último término ambas citas obedecen a un equívoco que presumiblemente tuvo lugar en el Renacimiento, cuando, queriéndole encontrar un nuevo centro al universo, las opiniones oscilaron entre atribuirle el puesto al hombre o a su negación; la cuestión no se dio por zanjada hasta el siglo xviii, y aún entonces sólo epidérmicamente, cuando se perfeccionó un sistema ―el actual― que permitía de manera simultánea dar a entender que primaba el ser humano mientras bajo cuerda se practicaba una forma alambicada de misantropía.

    Daré una muestra de ese desdoblamiento: en tanto que en su sentido estricto la noción de «error» es atribuible sólo al hombre, pues únicamente él es capaz de discernir el desencuentro entre intención y resultado y asumir la responsabilidad de ese desvío, el dialecto científico sostiene que los instrumentos de medición los cometen (en vez de «imprecisiones» o «fallos»); esta atribución de características humanas a seres inanimados, que es sintomática, emite unas ondas baja frecuencia que, si se afina el oído, desmienten fehacientemente que se trate de una simple metáfora, dando en cambio la medida de una equiparación a la baja, de una interesada indistinción entre hombre y máquina ―digo «interesada» en el sentido de la resistencia psicoanalítica, es decir, mórbidamente―. La confusión funciona: sólo así se explica que la expresión «error humano» no nos suene ridículamente redundante, como «entrar adentro» o «salir afuera». Pienso que el auge popular de la ciencia, o de su sucedáneo pop, habla en este sentido: como un bálsamo mágico nos promete un futuro de infalibilidad aparentemente libre de costo, porvenir del que las batallas ganadas hasta hoy ―las enfermedades erradicadas, el bienestar tecnológico― se presentan fraudulentamente como el mejor aval. El embeleso que traen esos éxitos nos lleva a contemplarla extasiados hasta olvidar que su misión es sernos útil, y que existen dimensiones de nuestra existencia en las que no puede serlo (no en vano hay quien postula que cualquier poeta sabe más de la luna que la NASA).

    El mes de julio que hemos dejado atrás ha quedado marcado para muchos por la tragedia ferroviaria española; extensamente se ha debatido sobre la parte del maquinista en lo sucedido y las razones por las que los sistemas de frenado no estaban automatizados. Está hoy fuera de duda el hecho de que, en este caso, la apuesta por la tecnología podría haber salvado vidas. Más allá de las limitaciones presupuestarias pretendidas o reales, creo que la cuestión de fondo tiene que ver con nuestra indeterminación en lo que respecta a la delegación de responsabilidad en la máquina, o lo que es lo mismo, su abrogación, porque la tecnología es, al menos por ahora, irresponsable. Ignoro si la siguiente hipótesis es cierta, aunque no me parece remota: quizá el pilotaje automático de determinadas medios de transporte sea, de hecho, más seguro que el efectuado por un humano, y sin embargo salvo en raros ejemplos preferimos el segundo (que esta preferencia se elija mediante decisión directa de los despachos o mediante estudios de mercado reviste escasa importancia). Hace casi un siglo, entre 1923 y 1924, Franz Kafka escribió Der Bau, que se ha traducido al español como La obra o La madriguera: en ella un animal monologa paranoicamente sobre su inexpugnable guarida subterránea, un cubil admirablemente diseñado para ofrecerle protección y sustento ―los pequeños roedores que de tanto en tanto se internan en él atraídos por el aroma de sus reservas de comida. Tras una breve ausencia, la bestia advierte un cambio sutilísimo en ese reducto de invulnerabilidad: un casi imperceptible pero pertinaz susurro cuya causa no acierta a determinar y que nosotros aquí bautizaremos llanamente «Malestar». El final de la historia no lo conocemos (presumiblemente el texto completo se encontraba entre las obras que Dora Diamant quemó tras la muerte de Kafka); verosímilmente ello hace que la parábola sea más convincente.

* Esta entrada de Υποσημειώσεις – Notas a Pie de Página será la última hasta septiembre: otras labores literarias me tendrán ocupado hasta entonces. Los lectores que deseen ser avisados de la reanudación del blog pueden hacer uso de la aplicación «seguir», que les permitirá recibir futuras actualizaciones en su correo electrónico.